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No sólo de playa vive el veraneante. En Uruguay existe un turismo que no descansa en los meses de calor. Y merece atención. No se trata de típicos citytours sino de propuestas que invitan a despertar los cinco sentidos. Es posible conocer de cerca la filosofía budista visitando el templo de Aguas Blancas o bien inmiscuirse en la misteriosa práctica alquimista por medio de los legados de Piria. Un valle energético invita a responder incógnitas del pasado, aún a los más escépticos, mientras que una gruta convoca a descubrir los secretos subterráneos. La idea es bajar las revoluciones y dejarse llevar por las emociones.
CURIOSO MONASTERIO / Desde abajo se lo ve inalcanzable. Está allá, en la cima de un cerro, a 400 metros de altura. Su construcción atípica se distingue de lejos: las puntas curvas de los techos llaman la atención en el paisaje minuano. Al acercarse, por un camino empinado no aconsejable para cualquier vehículo, se empieza a descubrir la gran variedad de colores.Y la piedra se impone. El templo budista Chagdud Gonpa Sengue Dzong no es común para la mayoría de los habitantes de este lado del mundo. De ahí su atractivo y, si se quiere, hasta su misterio. La visual que se obtiene desde los balcones del templo sería una razón suficiente para explicar por qué se instalaron allí. Pero el argumento no se reduce a una mera cuestión paisajística. Si bien se respira paz, tranquilidad y silencio, indispensables para todo monasterio, la elección responde a una clarividencia del fallecido Chagdud Tulku Rinpoche. Invitado a Uruguay en el 2000, a una casa sobre la ruta 181, este maestro tuvo la visión de que los seres del lugar lo habían estado esperando por mucho tiempo, cuenta la coordinadora del templo, Ana Carla Vergara. Fue así que se puso en marcha el proyecto. Confiando en su superior, simpatizantes y practicantes de la rama Vajrayana del budismo tibetano hicieron llegar donaciones, que en un principio permitieron comprar las 600 hectáreas del predio, construir caminos y llevar el agua y la luz hacia esa alejada zona. Una vez instalado lo básico, el paso siguiente fue levantar las dos casas de retiro, donde hoy en día se alberga a lamas e instructores que llegan al centro para dictar los cursos.Y entre 2005 y 2007 le tocó el turno al templo.
El diseño del monasterio no es habitual en Uruguay. Es que su forma sigue los lineamientos de la arquitectura tibetana, detalle que descolocó a los constructores locales. “La curvatura de los techos de las casas de retiro no están del todo logradas, lucen más bien cortadas”, relata la coordinadora a modo de explicar la falta de entrenamiento en ese tipo de construcciones. Sin embargo, aclara que “ya con algo de experiencia, en el templo quedaron mejor”. Toda la simbología del budismo tibetano está presente en el templo. Cabezas de agua, que simbolizan la protección; flores de loto que representan el momento del Nirvana; nudos sin fin que muestran la interdependencia entre los seres, y ruedas Empieza por lo más importante: la sala de práctica. Un mueble para dejar los zapatos indica a los visitantes que está prohibido entrar calzados –la misma regla corre para los cuartos–. A simple vista, el altar se roba la atención de los curiosos. Si bien aún no está terminado, las tres imágenes principales ya tomaron su lugar: como no podía ser de otra manera, Buda se encuentra en el medio. Una vez más el colorido se apodera del ambiente, desde las paredes hasta los bancos donde se leen los textos durante la práctica. del Dharma, símbolo mundialmente asociado al budismo. Cada figura debe quedar tal cual lo señalan las escrituras, por eso los pintores que se encargan de plasmarlas son siempre simpatizantes de la filosofía. El predominio de los colores fuertes y chillones gana lugar entre las piedras que fueron bendecidas una a una antes de ser colocadas como revestimiento. Y aquí tampoco vale la improvisación, ya que cada tono tiene un significado: el oro es el sol; el azul, el cielo; el blanco, las nubes y el marrón, el elemento tierra, precisa el instructor Pema Gompo antes de guiar una recorrida por el tempo de seis niveles. La visita continúa por los cuartos, seis en total con igual cantidad de camas cada uno, y el comedor, ubicados en el segundo nivel del edificio. En la alimentación no hay un hábito específico que se imponga, algunos son vegetarianos y otros no, explica Vergara. Le sigue el lavadero en el primer nivel; el espacio para los retiros de tres años en el cuarto; el apartamento para el lama residente – por el momento no hay uno fijo sino que reciben la visita de muchos– en el quinto piso y el altillo en el sexto, donde se colocan los libros y mantras. Sólo unas pocas personas viven en forma permanente en el templo, aunque esto depende de las actividades programadas. Cuando hay retiros, ya sean introductorios o avanzados, las plazas suelen estar completas. Pero para tener una idea, en el centro de Porto Alegre, no habitan más de setenta personas. La coordinadora explica que el número no aumenta debido a que sus moradores deben autosustentarse; los centros solamente tienen capacidad para costear la infraestructura del lugar y su mantenimiento. El budismo ya no resulta tan extraño como en otros tiempos, señala Pema Gompo. Al menos hay muchas personas que se anotan en las visitas guiadas realizadas una vez por mes por mera curiosidad, como quien va a un museo. “Al principio vienen con bastantes fantasías por lo que ven en las películas de Kung Fu o lo que saben del templo Shaolin”, dice para luego agregar que “piensan que un lama vendrá a tocarlos con la varita mágica y se iluminarán. Entonces cuando se les explica que hay que estudiar y practicar ya no resulta tan simpático”. El sobrecogedor paisaje es un importante llamador para los curiosos turistas. “Nuestro maestro decía que así una persona venga para conocer el entorno, se beneficia con las bendiciones del lugar. Ya con el hecho de estar acá establece cierta conexión, que luego puede llegar a florecer o no”. Igualmente, la meditación no falta en las visitas guiadas, que empiezan a las 10 horas con un tour y terminan con esta práctica por la tarde, cerca de las 15:30. Para no ir más allá, se hace es una meditación light, lo que no quiere decir que no sean los rudimentos básicos esenciales, aclara el instructor. La idea es que la mente descanse en su propia naturaleza, sin conceptos; que no es lo mismo que ponerla en blanco. Los locatarios también ofrecen a los visitantes participar en otra práctica tradicional del budismo tibetano llamada la ofrenda de lámparas. A través de una ofrenda de luz –que puede dedicarse a otra persona o a uno mismo– se dispersan los obstáculos de todos los seres. La intención de ampliar este centro espiritual ya corre por la cabeza de los practicantes. Pero tal como se dio hasta ahora, la concreción de los proyectos depende de las donaciones. Aún así, no pierden las esperanzas de poder llevar adelante el sueño.
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