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Decir todo lo que piensa es un lujo que el gastroenterólogo uruguayo puede darse luego de 28 años de profesión. Por eso no le tiembla la voz al hablar de la influencia de los laboratorios farmacéuticos en la medicina ni al reconocer que no es sencillo mantener una ética intachable. Nació en 1954, en la ex calle Sierra y Uruguay, y tiene dos hermanos: una mayor, socióloga de profesión, y uno menor, a cargo de las tiendas Lolita. Apenas culminó la carrera de medicina, la cual empezó a apasionarle recién en cuarto año, concursó para ser docente de la Universidad de la República. Hoy, con grado cinco en su especialidad, es profesor titular de la cátedra de Gastroenterología en el Hospital de Clínicas. Padre de dos hijos, comunicadores ambos, el profesional apuesta a la capacitación fuera del país y dice que no le cuesta nada confesarle a sus pacientes cuando no sabe. –

¿Único médico en la familia? –Sí. Mis abuelos maternos llegaron a Uruguay desde Polonia y los paternos de Turquía y Egipto. Mi papá a los nueve años tuvo que dejar la escuela y aprender el oficio de joyero. Además ayudaba a su madre que era portera de un edificio. La primera generación de profesionales en la familia es la mía. –

¿Cuándo eligió esta profesión? –Quería ser médico o contador. Me gustaban mucho los números. Pero en el 73 ingresé a la Facultad de Medicina con la mala suerte de que inmediatamente vino la intervención. Como no tenía nada que hacer me fui de viaje con dos amigos con la intención de llegar hasta Bolivia en tren; cuando arribamos a la frontera había una revuelta campesina y nos tuvimos que volver a Buenos Aires. Allí me entero por un diario que estaba abierta la inscripción a la carrera sin rendir examen. Me anoté y me quedé estudiando en Argentina cerca de un año, hasta que abrieron nuevamente la facultad en Montevideo. También bajo la intervención, pero prefería estar en casa. Había hecho el ciclo básico, que para los militares era una mala palabra, entonces empecé una vez más. Después la hice toda de un tirón; me recibí en diciembre de 1981.

–¿Era buen estudiante? –No era brillante. Los primeros tres años no tuve un entusiasmo enorme, aunque sabía que terminaría la carrera. Realmente comenzó a apasionarme cuando entré al Hospital de Clínicas, en cuarto año. Apenas pasé por "gastro" supe que esto era lo mío. –No se inclinó por una especialidad muy común... –Somos pocos en comparación con los cardiólogos o los pediatras, pero cada vez tenemos un número mayor. En la Sociedad de Gastroenterología del Uruguay figuramos 250 miembros, aunque esto incluye también algunos cirujanos o internistas. Hoy en día la endoscopia atrae a los estudiantes y tiene que ver con que se pasó de una técnica puramente diagnóstica a una preventiva y terapéutica. Muchos pacientes que antes requerían una cirugía ahora tienen la endoscopia a su alcance, por lo que cada vez va ocupando más espacio. Por otro lado,

¿a quién no le duele la barriga, está nervioso y tiene diarrea, o siente ardor en el estómago? –¿trabajar como docente universitario desde hace décadas es pura vocación? –En la facultad el trabajo es casi honorario. Uno de los temas que debemos abordar en la salud nacional es que los docentes universitarios, por lo menos, deberíamos ganar igual que los médicos de Salud Pública, quienes hacen asistencia pero no docencia. Nosotros realizamos ambas cosas, más la parte de investigación; todo eso por un sueldo menor que en la salud estatal.–

¿Cuánto gana en la universidad? –Mi sueldo de profesor por 24 horas semanales es de unos 15 mil pesos en la mano. Cuando les comento a mis colegas del exterior me preguntan si cobro eso por día o por semana. Es un chiste. Al final es casi honorario. Pero a mí me gusta: estoy entre gente joven, hago lo que me gusta, puedo enseñar, investigar. Sin vergüenza digo que es el mejor departamento de gastroenterología del país, a pesar de la realidad del Hospital de Clínicas. Está físicamente digno y tenemos los mejores aparatos de endoscopia, como esa famosa cápsula con la cual es posible ver todo el intestino delgado. Es un estudio de 1.800 dólares y en el hospital lo hacemos gratis para las personas más necesitadas. La gente pudiente lo paga y con ese dinero compramos para ése y otros estudios.

–¿Está bien que las últimas tecnologías lleguen primero a salud Pública y luego a los privados? –En Uruguay había una tradición de que los equipos llegaban primero al hospital, se probaban y de allí pasaban a la esfera privada. La crisis de la universidad, con sus bajas inversiones, y la gran recesión del Hospital de Clínicas desde el punto edilicio y moral hicieron que se diera vuelta esa ecuación.Y no lo miro con ningún prejuicio, creo que hay que hacer las cosas y dárselas a la población. Aunque por mi manera de ser trato de incorporarlo primero a la facultad, porque ahí yo puedo enseñarles a los que son gastroenterólogos o están en vías de serlo y después, si es necesario, llevarlos a la práctica privada. Por ser un país chico, para algunos estudios o tratamientos no se precisan muchos aparatos. Cápsulas endoscópicas hay dos en Uruguay: empezó a usarse en el sector privado y después la incorporamos nosotros. A mí no me molestó en su momento porque ellos podían comprarlo y me parecía mejor que hubiera uno en vez de ninguno. –Cuando viaja por trabajo al extranjero y luego regresa,

¿le dan ganas de llorar? –A veces sí. Me cuesta, lo confieso. De mañana el hospital, de tarde el consultorio y tengo la suerte de no ir a más lugares. Sería mucho más gratificante si uno pudiera hacer todo en un solo sitio. Trabajo de 8 a 8, pero cuando llego a casa debo escribir documentos y planificar conferencias en la computadora. Paso una semana por mes fuera del país. A mí me satisface, no me quejo de nada de todo esto, pero es cierto que la diferencia entre Uruguay y el resto de los países es muy grande.

–¿Qué lujos se puede dar después de 28 años de profesión? –El que viví hace unas semanas en el congreso de Londres, cuando me nombraron vicepresidente. Pude llevar a mi hija de 21 años para que viera hasta dónde llegaron los sacrificios de su padre. También puedo permitirme decir todo lo que pienso. He aprendido a hacerlo tratando de no ofender a nadie, pero siempre prefiero ser lo más franco posible. Espero un día darme el lujo de que los alumnos me recuerden como yo me acuerdo de mis maestros. –

¿Y así será? –Me tengo confianza. La cátedra tiene hoy un récord absoluto de becarios en el exterior. Hasta en los posgrados, donde los médicos no son funcionarios de la universidad, salen becados. Van a Argentina, Chile, Japón, Canadá, Brasil, Estados Unidos. Mis colegas del exterior me ofrecen las becas y se las doy a ellos. –¿Es fundamental salir de Uruguay para capacitarse? –Sí, es muy importante. Se ve otro mundo, se observa la gastroenterología moderna. Somos un país chico, con menos chances de tener determinados tipos de pacientes por un tema cuantitativo y de profundizar en algunas patologías. En el exterior se ve mucha cosa en poco tiempo; te abre la mente, la gente viene con ideas nuevas para investigar y para adaptarlas al país. –

¿Qué tan atrasado está el país en comparación con la mejor gastroenterología del mundo? –Unos días atrás vino un cirujano brasileño que estudio acá hace muchos años. Me dijo que mi cátedra está a la altura de cualquier departamento de primer nivel. Capaz no en cantidad, pero sí en los mejores equipos. Un problema serio que tenemos es que trabajamos part-time, deberíamos estar más horas para poder enseñar a una mayor cantidad de gente y llegar a un nivel más elevado de profundidad y extensión del conocimiento. Si en vez de cuatro horas tuviéramos ocho, o seis por lo menos, los gastroenterólogos se formarían mejor.–

¿Cómo se compran esos equipos teniendo en cuenta la crisis universitaria? –Hay un grupo de amigos del sector privado que, basados en una ley que exonera del impuesto a la renta a las donaciones para la universidad, donan dinero a la cátedra con el cual nosotros compramos equipos. –

¿Qué lujos no puede darse un recién recibido? –Hace un tiempo decía que a los diez años de recibirnos los médicos teníamos trabajo y podíamos mantener bien a nuestra familia. Ahora lleva más, te diría que quince años. En lo personal, cuando era grado tres me podía dar materialmente más lujos que ahora. Quizás porque el país lo permitía y porque no dedicaba tantas horas a trabajar en forma honoraria.

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