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Cuanto más y más, más y más. Con la certeza de estar reiterándome, no puedo dejar de aludir a esta suerte de máxima popular que hace años oí en boca de alguien muy simple en Salto, convencido de sus palabras. Y tenía razón. ¿O acaso esta frase contundente y clara no tiene sentido válido, sea cual sea el tema al que se la aplique? Veamos ejemplos. Los veranos en el este son siempre disparadores de quejas recurrentes. Tanto da si se habla de los embotellamientos de tránsito a la tarde, del desparpajo juvenil a altas horas de la madrugada, o del ir y venir de las todoterreno al cabo del día. ¿Qué hacer? ¿Cómo manejar estas cuestiones que afectan al buen vivir de la gente y del lugar? ¿Qué medidas tomar para que de una vez por todas se le dé prioridad al entorno, sin que lo tomen a mal ciertos vecinos? No es fácil. Porque a mayor presión por el orden, mayor es el desacato; a mayor consumo de alcohol; mayor es el número de menores en riesgo de caer en un coma etílico; a mayor cantidad de autos en las rotondas, mayor es la posibilidad de accidentes; a mayor provocación, mayor es la confusión; y la podríamos seguir, hasta armar una lista interminable que no haría más que confirmar la complejidad de los tiempos que corren. Hoy no es el deber el que rige la vida de nosotros, los mortales, sino que es el placer el que se erige como el único motor: el placer de ser felices, divinos, divertidos y además, poderlo todo. ¿Qué tal? De eso al narcisismo no lleva ni un paso. A más exaltación del yo, más amor por uno mismo, y a más amor por uno mismo, más arrogancia, más fantasía de éxito, más sentimiento de ser importante, y más necesidad de reconocimiento, admiración y adulación. Un paquete que conduce a la inflación del ego, y que tiene como meta el saber venderse, posicionarse como marca, cultivar la imagen y conquistar la visibilidad a como dé lugar. Sin miramientos, sin cuidar las formas, sin respeto por el otro, sin educación y sin clase; faltas que en épocas no muy lejanas hubieran sido vistas como poco elegantes y carentes de pudor. Y me pregunto: ¿las altas temperaturas del verano no habrán contribuido en algo a que se multiplicaran los gestos de divismo exagerados para estas latitudes? Sólo así podría entender actitudes que se dieron a lo largo del pasado enero, cálido y perturbador en extremo. Nada que no deje rastro, -por el contrario-; pero tampoco que nos vaya a afectar en el principio de cumplir con la palabra dada. Es cuestión entre caballeros y damas. En épocas de grandes individualismos, de soledades y de diálogos truncados, es vital reconocer la importancia que tiene el juntarse con otros. La familia, el centro de estudios y el trabajo son ámbitos que favorecen las actividades en comunión. Algo que viene bien refrescar, por aquello que una mano lava la otra y las dos lavan la cara. ¿O no? Canta el Cuarteto de Nos: “Yo me llevo sólo bien conmigo, yo del mundo soy el ombligo. De mi vida yo hablo mucho y cuando me hablan yo nunca escucho”… ¿más? “Soy de mi propia secta, soy mi pareja perfecta, y sí, yo soy así, propongo un brindis por mí”. ¡Si necesitaran un coro, apuesto a que habría colas! |
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Editorial



