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El primer recuerdo de su padre lo remonta al barrio Palermo, jugando en el piso, sobre un cuero de vaca, con un caballito de madera. Alguno puede encontrarlo similar al Rosebud de El ciudadano, pero lejos estaba Dante Iocco del multimillonario retratado en el filme. “Mi padre no empezó de la nada; empezó de menos 10. Era un gladiador”, recalca Gustavo, su único hijo. Hombre hiperactivo, lo que hoy llamarían un adicto al trabajo, se hacía tiempo para la familia –especialmente a la hora de la cena–, para desarrollar lo que su heredero describe como “una vocación por comunicar”, y para generar afectos en todas las circunstancias. Con João Havelange comenzó como rival en natación y terminaron siendo grandes amigos. A su mujer, Atlántida, la conoció haciendo teatro en el Centro Balear, GUstavO, hijo de dante iocco donde le quedó grabada una frase de Florencio Sánchez que siguió repitiendo fuera del escenario: “Hombre sin carácter es un muerto que camina”. Sin dudas tuvo que forjar el suyo, y robarle horas al sueño, para llevar adelante la cantidad y magnitud de emprendimientos que lo ocuparon durante tantos años. Desde jovencito lo apasionaron los deportes, destacándose en el waterpolo como competidor olímpico y campeón sudamericano. Como rematador debutó en el Banco San José, iniciando así medio siglo de martillazos. Pero fue también un aficionado al canto y a la música. Para aprender a tocar el acordeón, por ejemplo, tomaba clases a las 7.30 de la mañana, quizás la única forma de meter una cosa más en su agenda. Lo atraparon también la política y la numismática. Llegó a escribir un libro sobre monedas nacionales, además de otro en el que develaba el misterio tras un jarrón de Sèvres que perteneció a un atleta. El traje era una constante en quien fuera dirigente del Club Nacional, del Museo del Fútbol, de la AUF y de la FIFA, “pero lo tengo en mente de distintas maneras”, afirma su hijo, con quien compartió el oficio de rematador desde 1975 hasta el año pasado, la música, la pesca y, haciendo caso omiso a la brecha generacional, hasta los amigos. “Los Iocco somos apasionados”, recalca Gustavo, que entre los consejos que recibió de su padre rescata “proceder bien para preservar el mayor capital: el buen nombre. Fue con lo que él empezó”. Inútil pedirle entonces que elija un objeto que le recuerde a don Dante. “Soy cachivachero, pero la propia actividad te enseña que hoy una cosa es tuya y mañana no”, recalca el hijo, con la lección aprendida. |
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Fue su maestro y su jefe, además de un padre inseparable. Lo presentaba como su asistente desde que a los ocho años de edad lo llevaba a los eventos para cargar el trípode o acomodar el vestido de la novia de turno. Julio, igual que su hermano Héctor, se familiarizó pronto con la cámara, pero previo a eso, con la escoba. Al mejor estilo del maestro de Karate Kid le hizo barrer la vereda de la casa de fotografía antes de permitirle incursionar en tareas mayores. Así fue recorriendo todas las etapas, desde el revelado de película al proceso de ampliación. A los 12 le colgó del cuello una RolleiflexTele que acababa de traer de Alemania con la cual capturó el momento en que Leguisamo atravesaba la meta en Maroñas. “Fue todo mérito de él; yo lo único que hice fue apretar el obturador”, dice quien entró como reportero gráfico en La Mañana JUlIO, hijo de alfredo testoni y El Diario cuando iniciaba la adolescencia. Su padre, el hombre que había inmortalizado a los campeones del 50, era el jefe, para mayor presión. El rigor profesional le fue inculcado desde un principio, pero fue singularmente claro aquella vez que Julio, joven y seguro, fue a mostrarle su incursión en la fotografía artística. Testoni padre miró las impresiones y procedió a partirlas en pedazos. Le explicó que la fotografía es un hecho intelectual, que faltaba madurar el tema, refinarse. Pasado el mal trago, tomó por costumbre pasar sus fotos por dos filtros confiables: Manuel Espínola Gómez y después su padre. En la foto que acompaña este texto se los ve a principios de los años 60 cuando aquel estaba por viajar a Buenos Aires para montar la primera exposición del Grupo 8, que integraban además Carlos Páez Vilaró, García Reino, Verdié, Pareja, Spósito, Pavlotzky y Presno. Cercano como era al taller Torres García, era muy común tener artistas en la casa. “Arrancaba temprano, leía todos los diarios, tomaba el mate en la cama, y le encantaba comer fruta y verdura”, cuenta sobre ese descendiente de italianos, de vida sana, que había sido campeón de natación. Muy familiero, así y todo solía confundirse a sus hijos, llamando a Julio, Héctor, y a Héctor, Julio. “Era un hombre que veía más allá. Es curioso, la vida lo llevó a estar en el lugar justo en el momento justo. Recorrió prácticamente todo el mundo”, relata el menor, que aún se acuerda de los primeros vaqueros Lee que salieron y que le trajo de Estados Unidos. “A quién no ha fotografiado mi padre”, pregunta Julio, y se responde: “se quedó con ganas de sacar una foto en Jerusalén, para su serie Muros. Algún día pienso hacerlo yo”. |
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De niña repetía que había nacido en La carreta, porque cuando llegó Roberto, su primer hermano, de camino al sanatorio padre e hija pararon en el monumento de Belloni. Terminó siendo un chiste entre Raulito y Winnie, como la llamaba. El diálogo franco era su fuerte, así como el carisma que podía sacar de un pozo al más alicaído. Jeannie lo rememora en la casa de Las Flores, donde pasaban los veranos: “le decíamos ´el paraíso de papá`. En invierno salíamos por los bosques de eucaliptos, juntábamos hongos, y las caminatas por la playa no me las voy a olvidar nunca; allí me enseñaron a apreciar la naturaleza y tuvimos las conversaciones más intensas”. El parecido físico tiene su paralelo en el carácter positivo. “Nos dejó ese legado. creo que él tuvo momentos nada fáciles y eso te enseña a valorar las cosas”. Una anécdota JeannIe, hija de Raúl Fontaina que lo pinta. Un día había invitado a sus nietos a andar en bicicleta. cuando vieron que llovía, dijeron “no va a venir Grandpapa”, pero por supuesto que fue. V olvieron absolutamente embarrados, y felices. “Era súper perceptivo, con sólo mirarme se daba cuenta de cómo estaba”, subraya Jeannie de quien fue su confidente más grande. “Nos empujó a que siguiéramos lo que nos dictaba el corazón. Sabía que así la entrega iba a ser total”. Estimuló a sus hijos a vivir en otras culturas, ya que eso brinda modelos de tolerancia, pensaba. cuando ella le comunicó que había ganado una beca a canadá, la felicitó y la autorizó a regresar si no se sentía a gusto, sólo después de probar seis meses. “El cielo es el límite” era una de sus frases de cabecera. Por otro lado, “nunca se puso en una posición superior, pero entraba a un cuarto y te dabas cuenta”. Fontaina fue la primera cara de la televisión uruguaya, aunque aseguraba que había sido producto de las circunstancias, “porque no había otro”. Uno de los programas favoritos de su pequeña era acompañarlo los sábados de mañana a tomar un copetín con sus amigos a La castellana. Al trabajar años en el noticiero, de noche casi no se veían, pero él solía dejarle un regalo arriba de la almohada. Otro paseo era ir hasta los bosques de carrasco. “Decía que el moho era el pasto de las hadas. Bajábamos del auto y el juego era encontrar chocolates escondidos. Tenía la capacidad de ponerse al nivel de un niño”. Y disfrutaba sorprendiendo. Una vez viajó a Estados Unidos, volvió sin anunciarse y saludó a Jeannie a través de la persiana. En otra oportunidad se presentó en una fiesta familiar atravesando el jardín a lo largo hasta hundirse vestido en la piscina. “Tenía mucha chispa”, remata su hija. |






