Si le dicen que recoja la mesa, va y la levanta del suelo porque interpreta las palabras al pie de la letra. No capta que su madre está enojada cuando frunce el ceño, tampoco que está contenta si muestra una sonrisa de oreja a oreja. Para un niño con Asperger, los gestos son muecas y las emociones ajenas, un terreno indescifrable. Y en su mundo, las convenciones sociales carecen de sentido; de ahí que no entienda por qué tiene que esperar su turno para tirarse del tobogán o cuál es el problema de decirle “gorda fea” a una compañera en su propia cara. Pautas que todo el mundo aprende instintivamente, para él son desconocidas. Por eso le cuesta horrores relacionarse con sus pares. Aunque se muera de ganas, su empobrecida o nula habilidad social le impide jugar y compartir con otros pequeños.
Te invitamos a leer la nota completa en nuestra próxima edición.¡Este viernes 10 de febrero sale Paula y se agota!