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En el collage como en la vida
En el collage como en la vida
Nació en Uruguay, creció en Israel y se ha pasado la vida deambulando por el mundo. Cada vez que vuelve a Montevideo regresan a su memoria las andanzas de aquel pequeño que vivía cerca del Parque Rodó. En su última visita viajó acompañado por su mujer y sus hijos que finalmente conocieron el único lugar del mundo donde a él, todavía, lo llaman Ernesto.

–Se lo presenta habitualmente como un caricaturista israelí. ¿Dónde ha quedado el uruguayo?
–Me fui de Uruguay muy joven y crecí en Israel, mis años formativos han sido en Israel, de hecho a Uruguay no volví hasta mucho después. Creo que hay una parte de mí que es uruguaya
Albert Einstein y en la que me siento identificado con Uruguay, pero me siento más israelí. En realidad me siento muchas cosas, viví diez años en Estados Unidos, diez años en Barcelona y ahora vivo en Israel. Entonces de alguna manera también es un poco mi concepto de que la vida es un collage, vas agarrando un poco de aquí, otro poco de allá, vas armando algo y en mi caso, tal vez también geográficamente, eso se ve claramente.

–¿Qué se llevó de Uruguay?
–Hay como cierta inocencia en Uruguay. Yo me identifico mucho con el niño que fui, con el que se fue de aquí. Era muy travieso en la escuela, no me quedaba quieto y todas esas cosas que como niño te meten en problemas de conducta me quedaron grabadas. Cuando llegué a Israel era un inmigrante, no tenía la confianza para ser quien soy y ese ser quien soy, creo, lo retomé nuevamente cuando tenía veintitantos y me fui a vivir a Nueva York donde me uní nuevamente con aquel niño juguetón. Tengo una profesión que es súper lúdica y que tiene mucho que ver con ser un niño malo. Un caricaturista es el niño malo de la sociedad, el que dice son todos unos imbéciles, el que se permite decirlo, entonces de alguna manera aquel niño que yo era en Uruguay es el que soy todavía, me gano la vida de eso y me la paso bien. Por eso le tengo mucho respeto a aquella niñez en Uruguay porque tan mal no estuvo.

–¿Por qué abandonó el Ernesto y cambió su nombre a Hanoch?
–No fue decisión mía. Aquí todos íbamos a un colegio judío y todos teníamos un nombre en castellano y un nombre hebreo que se usaba en las clases de hebreo. Al llegar a Israel mi padre decidió que teníamos que usar el nombre hebreo y con ese nombre nos inscribió oficialmente. Fue un poco traumático porque perdí mi nombre original pero todo esto tuvo que ver con la sociedad israelí de aquel momento, en los años 70. Era una sociedad muy ideológica y cuando entrabas a esa sociedad, tenías que dejar atrás todo lo que tenías. Pero, por ejemplo, en la familia de mis padres todos me siguen llamando Ernesto. Y cuando estoy fuera del ambiente uruguayo soy Hanoch. Con el tiempo me fui acostumbrando, era lo que había, muy poca gente tiene los huevos para decir me cambio el nombre y desde ahora me llamo de otra manera. Lo acepté y terminó siendo mi nombre. En el momento que empecé a publicar profesionalmente tuve algún intento de meter el Ernesto, pero ya habían pasado muchos años.

–¿Por eso firma únicamente Piven?
–Claro, Piven fue lo constante y es fácil de pronunciar. Ernesto no era un nombre fácil de pronunciar en hebreo y Hanoch es difícil de pronunciar en inglés o en castellano. Para no tener estos problemas, a mi hija le puse Ana.

–Ha dicho en algún momento que había que tener muchas agallas para ser artista. ¿Por qué?
–Porque vengo de una familia de burgueses, de clase media, donde no había artistas alrededor, tenía buenas notas, era buen alumno y lo lógico era que fuera a estudiar medicina o algo por el estilo. Fue así que empecé a estudiar matemáticas en la Universidad de Jerusalén, y me la pasé súper bien porque me gustaba ser estudiante. Pero en cierto momento me di cuenta que me estaba aburriendo, que si ese era el futuro no me parecía tan bueno. Y, como tengo alma de buscador, tenía un amigo que estaba estudiando danza en la Universidad de Julliard, en Nueva York. Allá me fui y resultó que había una escuela de caricatura. Yo siempre había hecho garabatos, había dibujado, pero nunca me había dedicado seriamente. Al estar en Estados Unidos entré en otra aventura que no era muy clara, no tenía una promesa de que todo iba a estar bien pero me zambullí en la piscina y de tanto que di vueltas apareció agua.

–¿Y entonces apareció el collage?
–Originalmente fui a estudiar caricatura y resulta que mi técnica no era muy buena, me faltaban años de práctica en dibujo pero tenía buenas ideas y tenía talento para captar una cara. Pero mi mano era malísima, mi trazo no era Sigmund Freud bueno. Entonces me cambié del departamento de ilustración al departamento de diseño gráfico porque era algo más seguro, ahí podría mantenerme y trabajar dentro de esa disciplina. Allí descubrí que había muchas maneras de comunicar, no había que romperse el alma dibujando para comunicar. Fue cuando me topé de repente con el collage que me dio la idea de hacer una caricatura de una manera y al empezar a hacerla, de repente unos objetos aparecieron sobre el dibujo de Saddam Husseim, que eran unos fósforos, y allí surgió todo lo demás. Ahí empezó toda esta faceta de hacer caricaturas pero usando mi sentido del humor para captar una imagen con muy pocos trazos y usando mi sentido del color. Esos tres talentos se convirtieron en mi idioma personal, luego de descubrir que es posible dibujar con objetos.

–¿Esa primera caricatura la hizo para la universidad?
–Sí, pero tenía ya 27 años, estaba muy motivado, muy enfocado, sabía lo que quería y al terminar a los 29 años ya tenia dos portafolios de trabajos con doce caricaturas y un portafolio como diseñador gráfico porque de hecho eso era a lo que me iba a dedicar, la ilustración era más un hobby. Pero la reacción fue tal que no me dejó mucho lugar a dudas. Los maestros de la escuela de artes visuales en Nueva York conocían diferentes revistas y me enviaron a Times, a Newsweek, a Rolling Stone. A los dos días me llamaron de Newsweek para hacer una tapa, fue bastante shockeante la inmediatez. Y eso tiene que ver con estar en Nueva York, con estar libre de prejuicios, saber que puedes hacer lo que se te cante.

–¿No hubiera sido igual en cualquier otro lugar del mundo?
–Es que cuando estás en lugares más pequeños, lo nuevo no es necesariamente aceptado porque hay leyes que dictan cómo han de ser las cosas. En Nueva York lo nuevo es aceptado y buscado, entonces si aparecés con algo nuevo, enseguida te lo piden, la gente está abierta. Tuve suerte y también influyó una cierta inocencia mía.

–¿Qué cree que hubiera pasado de haberse quedado en Uruguay?
–No sé. Tengo que pensar antes qué hubiera pasado si me hubiera quedado en Israel y no hubiera ido a estudiar a Nueva York. Pero no tengo idea si hubiera sido artista, seguramente no. No creo que hiciera lo que hago.

–¿Por qué?
–Porque creo que eso nace de una combinación de experiencias que uno ha tenido, viviendo en diferentes sociedades. Aprendí a adaptarme a los cambios, a sobrevivir, a tener flexibilidad mental y de alguna manera a crearme mi propio collage de la vida que creo que, sin darme cuenta, me preparó para hacer collage en el arte, entonces yo creo que una persona que cambia mucho de país, que ha vivido en diferentes ciudades desarrolla una capacidad de adaptación que una persona establecida siempre en el mismo lugar no tiene. Desarrolla una capacidad de hacer conexiones. Si no tenés perspectiva de unos cuantos lugares es más difícil, no digo que sea imposible. En mi caso hay una conexión más directa entre mi biografía y mi profesión.

–¿En qué circunstancias eligió vivir en Barcelona?
–Bueno, sucede que conozco a mi mujer, me emparejo con ella que es americana y nos vamos a vivir, ya con un hijo, a Israel. Luego nace nuestra segunda hija y básicamente yo me siento muy cómodo en Israel pero mi mujer se siente menos cómoda y decidimos probar de vivir en Europa. Y esto tiene que ver con la posibilidad que mi trabajo me da de hacerlo sin idioma, no tiene la restricción de tener que estar en un lugar y eso es una bendición. Y bueno, de alguna manera primó esa sensación mía de querer seguir paseando por el mundo, de querer seguir conociendo cosas nuevas. Por suerte tengo una mujer aventurera que me ha seguido, primero ha dejado Nueva York por mí que no es poca cosa, ha ido a vivir a Medio Oriente conmigo y luego nos fuimos juntos a España y de hecho cuando llegué a Barcelona me sentí que era un poco una síntesis de todo lo que venía haciendo hasta el momento. Barcelona tiene mucho de Montevideo, tiene ese Mediterráneo de Tel Aviv y por otro lado tiene, relativamente, ciertas cosas de la metrópoli de Nueva York. Me sentí muy cómodo desde el primer momento y así se sintió mi familia. Vivimos ahí diez años y profesionalmente ha habido algo muy constante, he seguido haciendo caras y con el tiempo ha crecido todo esto. Empecé queriendo hacer caras, usando este lenguaje y luego el lenguaje se apoderó de mí y medio la idea de que aquí hay mucho para explorar con los niños, mucho para explorar en televisión, en cómo se mueven los objetos, en cómo se crean las fantasías. Entonces apareció todo el tema de los talleres, y luego todo el tema de la terapia de arte y después apareció la consultoría a empresas, de explorar la creatividad out of the box.

–¿Qué está primero, el objeto o la persona?
–Según, si estoy dibujando una persona, primero está la persona.

–Pero ¿le pasa de encontrar un objeto y pensar que podría ser la nariz de una persona que conoce?
–No tanto eso, pero sí decir que tal objeto puede ser una buena nariz de alguien en algún momento y lo dejo ahí al costado. Porque generalmente hacer una caricatura implica aprender mucho sobre quién es la persona, leer, tratar de formar una opinión sobre ella, de formar un sentimiento hacia ella. Ahí empiezan a salir ideas, palabras, y esto me puede llevar a un tipo de objeto específico, como artículos de limpieza o artículos de ferretería.

–¿De dónde los saca? ¿Sale a comprar o tiene un colección de objetos en su casa?
–Tengo objetos en mi casa, pero cada vez que me mudo de país vacío todos los cajones. Tengo unas pocas cajas que se han movido conmigo.

–¿Va juntando lo que va encontrando?
–No, voy juntando a medida que necesito, no es que junto por juntar. Si busco dos objetos necesito tener cien, para encontrar dentro de los cien esos dos, y voy probando. Ahí viene la conexión entre lo que hago y la creatividad en general. Es un poco ensayo y error que es algo bueno en cada proceso creativo. Otra cosa que se ve en la creación con objetos es el azar que te ayuda a que te pasen cosas que no las planeaste y eso puede pasar cuando vas a un mercadillo y te topás con algo que ni te imaginabas que existía.

–Digamos que usted termina haciendo hablar a estos objetos.
Los objetos hablan, claro está. La clave está en ir buscando que hablen por su forma, que hablen por su contenido y a veces hay cosas que son muy intuitivas, hablan porque me gusta. Yo siempre digo que una caricatura es como churrasco con papas fritas, huevo frito y ensalada. Hay una jerarquía en esta combinación. Nadie pide un churrasco con papas fritas, huevo frito y ensalada por la ensalada.Todoslopiden por el churrasco. Está el plato principal y las guarniciones. En una caricatura tenés que crear lo principal y guiar el ojo del espectador para que vaya primero allí. La ensalada y las papas fritas son muy importantes para poder ver el churrasco.

–¿Cómo es específicamente la técnica que utiliza?
–Sobre una superficie plana empiezo a jugar porque varios objetos juntos pueden ser muchas cosas. Y luego los doy vuelta, los miro de una y otra manera. Es probar cosas una y otra vez, y generalmente cuando creo que está pronto lo cambio. Lo fotografío cuando no tengo más remedio porque se me acaba el tiempo y tengo que entregarle. Entonces lo pego. En el proceso de creación hay mucha flexibilidad y muchos cambios constantemente porque nada está pegado hasta el final, es algo muy diferente a cualquier otros proceso de dibujo, que supone borrar y empezar de vuelta y enfrentar sensaciones de fracaso y de culpabilidad.

–¿Cuánto tiempo lleva ese proceso?
–Una caricatura puede demorar una semana o diez días.

–Una vez que se fotografió, ¿qué ocurre con los materiales?
–Algunas quedan armadas, algunas las desarmo y utilizo los objetos para otras cosas, a veces uso elementos orgnánicos que terminan siendo comidos por las mascotas de la casa. O los tiro. Porque para mí lo importante es la foto.

–¿Lo armado no suele permanecer?
–Algunas cosas sí, pero soy un poco caótico y al moverme todo el tiempo no he hecho un museo de la obra que existe físicamente.

–¿Se ha molestado alguien alguna vez por alguna caricatura? Convengamos que hay crítica en muchas de ellas.
–Bueno, imagino que a la mayoría de la gente no le gusta ser caricaturizada. En algún momento en Israel era un poco un símbolo de status que yo te dibujara. Tenía una columna muy conocida en los años noventa y creo que la gente estaba orgullosa cuando aparecía. He hablado en Israel con alguno que otro político o personaje que he dibujado. Pero prefiero no tener contacto con la gente que dibujo para no ensuciar el pensamiento. A mí no me gusta pensar en esta gente como personas, son objetos para mí, porque en el momento en que las empezás a tratar como personas te empezás a sentir culpable. Creo que cualquier artista, como leí esta semana en algún lado,
tiene que tener algo de autista porque necesita cerrar parte de su mente para poder crear y cerrar parte de su cerebro para sentirse libre de hacer las tonterías que quiera hacer. Si cuando uno trata de crear, tiene todas las voces presentes que le dicen esto no, esto no, esto no, no va a hacer nada. Necesitás ser un poco autista, y emocionalmente necesitas sentir esa libertad de poder decir malas palabras y ser un poco malo.

–¿Es esa liberación lo que transmite en sus talleres?
–Lo que trato de hacer en esos talleres y sobre todo en los que hago para empresas es darle permiso a la gente para jugar, darle permiso para que haga arte, que se permita hacer estupideces. Para eso, primero, los tengo que hacer reír, les tengo que contar mi historia, les tengo que decir que yo no sé dibujar. Pero, ¿qué quiere decir no saber dibujar? No sabrás dibujar de una manera que es la tradicional, pero cambiemos la definición de lo que es dibujar y ya no vamos a llamarlo dibujar, llamémosle jugar; vamos a jugar con objetos y de repente la gente se encuentra creando algo de lo que se siente muy orgullosa porque lo importante es la historia que están contando. Y los objetos son un medio para ello.

–¿Qué va a buscar la gente?
–Por un lado que les ayudes a ser creativos, divertirse. Hoy en día en Israel si una empresa me llama es porque busca que le ayude a desarrollar creatividad en sus empleados y también, a veces, a analizar algunos tema. Por ejemplo, en Israel hice hace poco un taller con mujeres árabes israelíes y judías israelíes. La idea era juntarlas en un ámbito de creación para conectarse. Esto fue parte de un proyecto que creó Hillary Clinton en el Departamento de Estado americano. Reunimos una cantidad de objetos, las mujeres tenían que elegir tres que las definieran, uno de su personalidad, otro de su familia y el tercero de su entorno. Cada una de ellas se presentó a través de los objetos que había elegido. Luego, todas juntas tuvieron que crear una imagen de la mujer del siglo XXI. Una persona que está creando, y esto es un poco la base
de la terapia de arte, saca de adentro sensaciones de estar vivo, porque está yendo al futuro, está imaginando el fin de la obra. Hay un horizonte. Sos libre, sos
el dueño de la situación, y eso te da fuerza. Imaginate un enfermo de cáncer, no depende de él lo que va a pasar, pero en esta mesa está todo bajo su control, lo puede ordenar y es el jefe. No te imaginás las tonterías que la gente hace con objetos y lo orgullosa que se siente porque tuvieron la oportunidad de contar algo de ellos mismos. A todos nos gusta hablar de nosotros mismos.

–¿Es una salvación, quizás?
–Bueno, puede ser, es una forma de conectarte a algo positivo. Todos queremos hablar de nosotros y la mayoría de la gente no tiene la opción de hacerlo artísticamente. Mi trabajo es bajar las defensas de la gente y cuando están ya divertidos darles herramientas para que empiecen a jugar.

–¿Sigue pensando que hay que tener agallas para ser artista?
–Sí, porque es una vida menos segura. Es una vida muy divertida, yo doy gracias por lo que vivo, por las oportunidades que tengo y por el crecimiento que estoy teniendo, pero estás en el borde todo el tiempo, no hay ninguna seguridad, ni económica ni de que las cosas te salgan bien. No hay una fórmula de cómo hacer las cosas. Lo bueno es que uno es libre pero no hay una red de seguridad debajo. Claro que hay que tener cojones, pero no hay otra alternativa para mí.
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