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Generación X
Generación X
EL SUCESOR
El papá, de River; él, de Boca. ¿Qué mejor que alentar al equipo de fútbol archienemigo para sentar una diferencia de por vida? Desde chico, Eduardo (h) quiso buscar un camino que lo independizara del recorrido de su padre, un empresario argentino cuya fortuna es superior a los 300 millones de dólares. Aunque siempre que el papá le pidió que tomara el mando de alguno de sus proyectos, él dio un “sí” incondicional. Así, trabajó en Consultatio, la empresa de inversión inmobiliaria de Eduardo Costantini padre; y fue director ejecutivo del Malba, museo de arte latinoamericano instalado en Buenos Aires y fundado por quien lo vio nacer.
Este empresario de 35 años dejó la casa de los padres a los 18 para criar a su primera hija. Mucho más tarde, y con otra mujer, tuvo a sus otros dos niños. El cine lo sedujo desde temprano: su productora es responsable del estreno de películas de la talla de la brasileña Tropa de élite, ganadora del Oso de Oro en el festival de cine de Berlín. También está al frente de Mubi, una compañía online que se dedica al screening de films independientes y cuyas oficinas están repartidas entre Buenos Aires y Londres. “Unos 3,5 millones de personas visitan mensualmente el site para ver películas”, asegura quien tiene otros proyectos dando vueltas en su cabeza. Podría decirse que la veta cinematográfica es la que más lo distancia del apellido paterno. No así su ribete inmobiliario, que lo impulsa a levantar un edificio de 80 apartamentos en Nordelta –una exclusiva ciudad pueblo ideada
por su padre– y que ahora lo conduce a desarrollar un proyecto de chacras en Garzón.
Con una inversión de 15 millones de dólares, Las Cárcavas contempla la construcción de 22 chacras de uso residencial en un predio que mira al océano Atlántico. A estas se suman una posada con amenities, un restaurant, un spa, un centro de meditación y yoga, una casa de playa y una huerta orgánica. “Es el primer barrio de chacras sobre el mar, por lo que podés ir a la playa caminando o en bicicleta sin cruzar ninguna calle”, resalta Costantini, quien el mes pasado inauguró la cancha de tenis de césped del lugar.
Un diferencial del proyecto, sin duda, es la propuesta cultural. “Queremos que haya un espacio para charlas de escritores y cineastas, pero también que sea un lugar donde los artistas puedan grabar discos o editar películas”, señala el ideólogo del emprendimiento.

-¿Por qué se decidió por Uruguay para desarrollar su segundo proyecto inmobiliario? 

-Porque es el lugar que más le gusta del mundo. “Vengo acá desde que nací y cada vez me quedo más tiempo; de hecho, en Las Cárcavas voy a construir mi casa”. También le fascinan Nueva York y Londres, pero él continúa ensañado con la costa uruguaya. “Pensamos seguir apostando a este país; estamos planeando un emprendimiento muy cerca de Cabo Polonio, un poco más hippie que el de Garzón, perodecalidad”,adelanta el heredero de uno de los mayores patrimonios de la vecina orilla.

–¿Lo condicionó el nombre Eduardo?

–No. Trabajé bastante con mi padre, pero buscando lo que yo quería hacer; por eso a los 22 años abrí la empresa de internet y la productora. En mi lugar, la mayoría de las personas estaría continuando el legado familiar; pero por cómo soy y mi personalidad, siempre transité mi propio recorrido. Tal vez inconscientemente, por el grado de exigencia de mi padre, yo sea igual o peor en relación a lo que quiero hacer o de qué manera. No sé si es genético, se aprende o se vive; pero cuando crecés al lado de una persona que ha hecho lo que hizo mi papá, que muy pocos lo logran en el mundo, de algún modo te vas nutriendo de eso y aspirás a hacer grandes cosas.

–¿Aspira a superarlo?

–No, para nada. Me llevo muy bien con papá, nunca me gustó competir con él. Cuando tenía 15 años y venían mis amigos a jugar al fútbol a casa, mi padre se sumaba y corría más que cualquiera de nosotros. Si jugábamos en contra no me gustaba sacarle la pelota. En general no me atrae la rivalidad, soy competitivo conmigo mismo pero no con los otros. 

–Una vez dijo que la gente piensa que su papá le da el dinero y usted hace lo que le viene en ganas...

–Pero no es así. Quizás la gente se imagina algo que no es. Mi padre me educó de una manera muy estricta: lo que hizo él es suyo y yo tengo que trabajar para hacer lo mío. No es que un día me levanté con ganas de hacer cine y papá me dio algunos millones de dólares para invertir en películas. En su momento creé un fondo con inversores de Brasil, México, España, Estados Unidos y Argentina. Y ahora que tal vez filmemos con una directora norteamericana muy buena, después de cerrar el contrato tenemos tres meses para buscar la plata. Si la conseguimos el film se hace; de lo contrario, no. Hay mucha imaginación que es falsa.

–¿Cree que se discrimina a la gente que tiene plata?

–Es difícil en una región como Latinoamérica, donde hay tanta diferencia social, que no exista discriminación de algún modo. Aquí no es fácil tener plata. No por miedo o inseguridad, pero es complicado. Quizás lo ideal es ser de clase media: es que así como no tener nada es un problema, tener mucho también lo es. El dinero te distancia de lo más humano, lo más cotidiano, desde ese lugar no está tan bueno. Y no lo digo por mi familia; mi padre trabajó mucho para lograr lo que logró y lo sigue haciendo, entonces nosotros desde chicos trabajamos mucho.

–¿Donaría el 20 por ciento de su fortuna, tal como prometió su padre? 

–Por supuesto. Bill Gates es uno de los mejores ejemplos en filantropía. Cuando tiene plata, uno debe asegurarse que sus hijos reciban una buena educación y una vida digna. A partir de ahí el resto sobra, entonces me parece bien donarlo a instituciones que ayuden al prójimo. Personalmente, siento la necesidad de emprender proyectos nuevos todo el tiempo; tengo la posibilidad de hacerlo y de que me vaya bien económicamente. Soy conciente de la responsabilidad que eso implica y por eso estoy dispuesto a donar parte de mi dinero. Detesto la codicia y la avaricia, dos rasgos que se ven en la gente con plata. Muchos creen que papá tiene más dinero del que posee por el museo que le dejó al país, pero no es así. Si todos los empresarios a quienes les ha ido, incluso, mejor que a él dejaran obras de esa magnitud, el mundo sería mejor. 

–¿Tiene mucho que ver con lo que es hoy el Malba?

–Me gusta mucho el arte. Estuve seis años allí. Cuando aún no había nadie trabajando, mi padre me pidió que me metiera en el museo y lo ayudara a empezar, a armar los equipos de trabajo, los curadores, el departamento comercial y el de marketing, entre otras tareas. Papá aprobaba las exposiciones y yo me ocupaba del día a día. Cuando el museo ya estaba funcionando, me fui a hacer mi camino para no estar siempre en una institución suya.

–¿No es el sucesor entonces?

–No sé, supongo que sí. Siempre que él me necesitó, yo estuve. En el año 2000 nos encontrábamos en Punta del Este, con la crisis, De la Rúa, el helicóptero y todo eso; papá se iba a vivir a otro país y me pidió que me encargara del museo. Era tan importante la apertura que lo tenía que hacer. Si el día de mañana él decide no trabajar más y me dice que me haga cargo, obviamente lo haré, por todo lo que me ha dado. Pero hoy no quiero pensar en eso, espero que trabaje por lo menos 10 años más.


LA EMANCIPADA
Le costó horrores abandonar la empresa constructora de su padre; pero no se arrepiente en lo más mínimo. El arte la cautivó desde que tiene memoria y a eso se dedicará hasta que la pierda.“Pinté toda la vida, pero antes lo hacía fuera del horario de estudio y de trabajo”, dice Patricia Lara Campiglia. El uso que le ha dado a cada nombre deja expuesta su verdadera vocación: “Patricia es el que menos me gusta, por eso lo usé para abrir la inmobiliaria. Cuando decidí dedicarme al arte hice muchos cambios en mi vida y me enfrenté a quien soy, a lo que realmente quiero hacer, y yo me siento identificada con Lara Campiglia”. El curriculum de la artista de 37 años revela que empezó a trabajar muy joven. A los 15 comenzó su carrera en Campiglia Construcciones, la reconocida compañía uruguaya fundada por su padre Eduardo. “Me usaban de che pibe, sacaba fotocopias e iba a algún banco. Dos años después ya iba con horario fijo. A los 19 años le propuse crear el departamento inmobiliario de la empresa; me dijo que entendía mis razones pero que él no tenía tiempo para ocuparse, que lo abriera por mi cuenta si creía en ese proyecto”, recuerda quien lo inició con 900 dólares para la compra de los muebles y los bastidores de la oficina.
Así nació Patricia Campiglia Inmuebles, empresa que hoy sigue funcionando, administrada por una gerenta. “Intercambio algunas ideas, firmo cheques y nada más”, aclara. A las reuniones de directorio de la constructora dejó de ir, “no paso ni por la puerta”, bromea, aunque sabe perfectamente que su familia apostaba a que se dedicara a full a la empresa del papá. “Él hubiera querido que siguiera, pero ahora que me ve feliz con lo que hago, es el primero en apoyarme, en venir al atelier; a veces hasta pinta conmigo”. El verano la encuentra ocupada en su galería del Este –tiene otra en Montevideo–, pero también planeando las muestras que se vienen tanto en Uruguay como en el exterior, en Miami, Nueva York, California, Estambul y Barcelona. “Exportar la obra es muy caro. Habría que ayudar a los artistas, porque yo tengo las posibilidades económicas; pero si no, hubiera sido imposible exhibir mis trabajos afuera”.
Los malabares que debe hacer con sus finanzas para exponer en el extranjero bien valen cuando su obra es reconocida más allá del apellido. “Voy a países donde nadie sabe quien soy, entonces me aprecian simplemente por mi arte; a nadie le importa si me llamo Lara, Juana o Lolita, como mi perra. Eso me sirve para decir ‘lo que hago no solo le gusta a mi papá, a mi mamá y a mi profesor’; eso me hace sentir más fuerte”, admite quien investiga ahora la intervención de muebles, objetos e indumentaria y a la vez estudia la posibilidad de abrir un atelier en Miami.

–¿Por qué empezó a trabajar tan joven?

–Cuando de chicos decíamos ‘quiero un caramelo’, se nos preguntaba qué haríamos para ganarlo. Vengo de una familia de inmigrantes, mi padre nació en un hogar humilde. Cuando a mi abuelo le quedaban viejos sus pantalones, mi abuela los daba vuelta, los cosía y se los pasaba a sus hijos. Eran personas de mucho trabajo, que con el tiempo fueron progresando y pudieron abrir una zapatería. Mi padre y mi tío vendían pomada y cordones en la feria. Entonces mi papá tenía miedo que al crecer en un ambiente de buena solvencia económica, mi hermano y yo no valoráramos las cosas. Por eso nos exigió en nuestra infancia y adolescencia. Al final, mal no le salimos. 

–¿En eso la perjudicó ser “hija de”? 

–Es como todo, en algunas cosas te perjudica y en otras no. Cuando empecé con el arte arrancaron comentarios tales como ‘y ahora pinta esta’. Esas cosas pasan. Fui criada con mucha exigencia pero también con mucho amor de ambos lados, entonces, no tengo quejas.

–¿Le molesta el comentario prejuicioso?

–Sí. Uno dice que no le importa pero un poco siempre molesta. Es así: cuando no hacés nada no recibís comentarios buenos ni malos; y cuando producís, sí. Igual no pienso mucho en los prejuicios, ni soy prejuiciosa, al menos eso creo. Pero los preconceptos existen y más en una sociedad chica como la nuestra. La gente te ve en una foto y ya se cree que te conoce. Es parte de la vida y de ser uruguaya, aunque amo el lugar donde vivo.

–¿El camino artístico fue justamente una forma de decir acá está Lara Campiglia más allá de su padre?

– Siempre supe que me gustaba el arte. De chica pintaba hasta las paredes de casa. Creo que, primero, uno se tiene que asumir a sí mismo: qué le gusta hacer, con qué es feliz y después de que se aprende a valorar, el entorno es algo inmediato. Es una cuestión de vocación y, por supuesto, me interesa que sea independiente porque un trabajo no tiene nada que ver con el otro. Obviamente, lo que soy hoy también tiene que ver con lo que hice, con lo que estudié. Por ejemplo, empiezo a pintar a un horario y se me hacen las doce de la noche. Adquirí ese ritmo de trabajo y de algún lado lo heredé, porque no es normal en los artistas, que son más bohemios. Esa filosofía es innata y de mi familia: mi padre no tiene botón de pare; siempre lo embromo y le pregunto dónde está el interruptor porque no se detiene un segundo. Yo saqué un poco de eso, y un poco de mi madre, que es una persona más calma, a quien le gusta escribir.

–¿La inmobiliaria la ayuda a solventar la obra artística?

– Tengo la suerte de que trabajé muchísimos años y generé algo de capital. No es gran cosa pero me permitió solventar los primeros pasos. Además, al ser sola, sin hijos, tengo menos gastos. No me compro joyas, me encantan pero elijo; todo lo que tengo lo gasto en pinturas. Hoy soy una gran compradora de lienzos, acrílicos y esmaltes; son elecciones que uno va tomando.

–¿Volvería a la empresa familiar o está cerrada esa etapa?

–Ya hice un cambio de chip. No voy a renegar de lo anterior ni me interesa porque es parte de mi vida también. Si me llama una amiga y me pregunta por una casa, solo tengo que actualizar valores y demás información, a la estructura de trabajo la sigo teniendo. Pero no tengo la menor duda de lo que haré de acá en adelante: estoy en una búsqueda interminable en lo pictórico pero también empiezo a investigar la intervención de objetos. La escultura me fascina, veo una de Atchugarry y me dan ganas de abrazarme como si fuera un árbol. Voy a seguir en el mismo rubro. Me gusta lo que tiene que ver con la constructora, pero uno tiene que elegir porque no puede hacer todo. Recuerdo que no veía la hora de cerrar las puertas de la inmobiliaria, cada día, para ponerme a pintar.

–¿Qué haría si su padre le pidiera que se hiciera cargo de la empresa?

–Mi padre sabe que es algo que no me puede pedir. Pero si lo hiciera, le diría que no.
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