Las vueltas de la vida hicieron que Gustavo aceptara la gerencia de la sucursal Punta del Este del Banco de Montevideo. Todavía el cielo estaba despejado y no se pronosticaban nubarrones. Luego llegó la crisis y el cierre del banco, sin embargo la elección fue más que acertada, asegura Oliveros quien hoy está a cargo del Museo de Casapueblo. Corría el año 1998 y aunque Rossana, su mujer, no estaba muy convencida de instalarse en el Este, finalmente llegaron a la conclusión que Punta era un excelente sitio donde ver crecer a sus dos hijos pequeños, además de permitirles ganar en calidad de vida. Por si fuera poco Rossana logró que la empresa de servicios financieros en la que trabajaba por aquel entonces, la trasladara al balneario, y así las piezas del gran rompecabezas comenzaron a encajar. Si bien el mundo material parecía que se adaptaba rápidamente al cambio, lo más difícil venía desde el lado de los afectos. Dejar atrás amigos, familia, no era fácil de sobrellevar. Pronto se dieron cuenta que todos los que llegaban a Punta estaban más o menos en la misma, así que casi sin quererlo se encontraron compartiendo reuniones, picadas y asados que hicieron posibles nuevos lazos. “Esto es una gran familia de amigos; amigos de la adultez con los que te relacionás de una manera diferente, muy buena”, afirma orgullosa Rossana. Para Gustavo el cambio de ciudad le hizo aprender a valorar la naturaleza, bajar un cambio y disfrutar de la tranquilidad. “Creo que también está relacionado con la etapa de la vida que cada uno esté viviendo. Yo llegué aquí al cumplir los cuarenta”, comenta. Aunque reconoce que el gasto diario es mayor, considera que vale la pena pagarlo si se piensa en términos de costo beneficio. ¿Volverían a Montevideo? “La idea es que no, pero la familia te va marcando y nunca sabés hacia donde te lleva”, reflexiona desde las alturas de Casapueblo.