Fueron de los últimos en llegar, o mejor dicho, son los flamantes habitantes de Manantiales, quienes luego de siete años haciendo la temporada desde el restaurant que lleva su nombre, decidieron encarar la mudanza definitiva. “Hacía tres años que estábamos seis meses acá y seis en Buenos Aires”, dice Pamela y admite que la decisión no fue fácil de tomar. Según cuenta, entre las razones que la llevaron a optar por Punta, el tener un hijo de un año y medio fue decisivo. “Hay cosas en Argentina que no te dejan tranquila y cuando tenés chicos te las replanteás. Acá, Max corre, tiene libertad”, comenta. Esa misma libertad también la disfruta el matrimonio cuando practica surf en la playa Bikini o hace yoga tres veces por semana en un local sobre la ruta 10. Pero no todo es color de rosa para esta pareja gastronómica, la distancia de los afectos y los lazos familiares se hace sentir con fuerza en ciertas épocas. “Es un placer tener a Punta toda para vos, pero en algún momento puede ser también un bajón y te preguntás por qué no es verano todo el año’”, se lamenta Pamela. Para Hubert vivir en Punta no es nada aburrido, incluso se juega un par de hoyos de golf en el Cantegril Country Club, algo imposible de lograr en el trajín bonaerense. Además, la recuperación del factor tiempo es impagable, ya que le está permitiendo escribir un libro con todo lo que fue aprendiendo. A la vez se hace un lugar en el día para ordenar y procesar la información adquirida desde que inauguró su primer local en Buenos Aires. “Aquí siempre surge algo para hacer”, dice el chef. Totalmente adaptados a la vida de Manantiales, la pareja no solo tiene un grupo de amigos con los que se reúne sino que hasta la imprenta del restaurant es de la zona. Cuando se les pregunta cómo viven las diferentes estaciones del año, ellos señalan a la primavera y el otoño como las épocas predilectas porque los encantos de Punta quedan de manifiesto: la temperatura del agua, la tranquilidad y el paisaje. Hubert vive los meses de enero y febrero con cierta contradicción. Por un lado los ve con ojos locatarios y siente que le molesta tanta invasión, "es como si me hubiera adueñado del lugar", confiesa. Por otra parte su restaurant revive apenas comienzan a llegar los primeros turistas. “Todo es muy explosivo, la temporada es como una botella de champagne caliente, espuma, espuma, dura quince días y después no queda nada”.