Los Mink son, además de pareja, colegas. Ambos se graduaron de arquitectos en Argentina y volaron rumbo a Alemania donde ejercieron su profesión durante siete años. Por ese entonces, la madre de Nicolás ya había plantado bandera en Punta y el matrimonio se dispuso a regresar al Sur. “O nos quedábamos en Alemania o cambiábamos de escenario ya que queríamos trabajar en forma diferente. Después de la vida ordenada de los alemanes, Argentina resultaba caótica”, dice Nicolás y su señora agrega: “Esto es vivir en el lujo: la tranquilidad, un paisaje increíble, el ambiente, el ritmo…”. Hace 13 años que sus proyectos van tomando forma a lo largo y ancho del balneario, y ya son varias las casas que llevan la firma del estudio. Pero llegar a esto llevó su tiempo, primero trabajaron para un conocido arquitecto del lugar y luego se abrieron por cuenta propia con una estrategia clara: ser un pequeño estudio que trata directamente con los clientes y proovedores. Al hablar de su métier y los cambios que observan desde que se instalaron en la zona, ellos ven con real preocupación la expansión urbanística que se está dando en Punta, sobre todo que se esté permitiendo que dueños y arquitectos hagan lo que quieran con el paisaje. “Los terrenos no se tocan, no queda nada de vegetación natural”, dice con énfasis Ana, quien también anota como un debe de Punta la falta de oferta cultural de cierto nivel. Pero este lado oscuro, no llega a hacerle sombra a los encantos del lugar como la tranquilidad y cierto estilo de vida zen que ellos valoran. Lo único que alteró la falta de horarios y rutinas fue la feliz llegada de Nina, su pequeña hija.