“Uno decide dónde y cómo vivir”, se dijeron mutuamente un día mientras hacían en auto el trayecto Punta del Este-Buenos Aires. El cambio no era fácil, él tenía una prometedora carrera corporativa en empresas y ella acababa de abrir un spa. Era una movida grande, trabajo, empresa, casa, amigos, o sea, desprenderse de todo lo que Pablo, uruguayo él, había logrado en la vecina orilla. El tiempo pasó y aquella frase del inicio tomó tal fuerza que al tiempo desembarcaron en La Mansa. Corría el año 2009 y aún no tenían claro de qué vivir: “Vinimos con diez ideas, pero ninguna resultó ser la que finalmente elegimos”, dice Pablo, quien hoy está al frente de Uruguay Link una boutique inmobiliaria, como a él le gusta llamar a su emprendimiento. La tranquilidad, la seguridad y la búsqueda de un cambio en el estilo de vida es lo que llevó a esta pareja a instalarse en la Península. Y valió la pena, porque pronto nació Juano. “Después de seis años de tratamiento y búsqueda en Argentina, llegó nuestro hijo de forma natural” dice Pablo agradecido con los benificios del lugar. Ana también cree que el cambio de ritmo fue determinante. “Esto es un paraíso. Cada día que pasa me pellizco”, dice pletórica con su niño en brazos. Pero ambos reconocen que Punta no es para todos: “en 1992 yo viví ocho meses acá, pero cuando tenés veinte precisás la adrenalina de la joda, del arte y la cultura, de la carrera profesional, necesitás una gran ciudad”, describe Pablo. Ya pasada la barrera de los treinta, ahora disfruta de no llevar el cuello apretado y el andar sin trajes, incluso llegó a regalarlos casi todos. Claro que también la ausencia de amigos y familia le ponen una sombra a tanta alegría, sobre todo en invierno, cuando el clima muestra su peor lado. El primer año no lograban templarse, confiesa Ana, en parte por desconocer los tejes y manejes de las estufas de leña. Al año siguiente ya habían aprendido a hacerle frente al frío, y desde el vestuario a la casa estaban preparados para las bajas temperaturas. La soledad de esos meses dura poco y cuando uno quiere ver la casa se apronta para recibir amigos y visitas del exterior dispuestas a zambullirse en el mar esteño. Coordinar la vida en familia con las invitaciones sociales tampoco es fácil, pero ya ganaron experiencia. “Nos encanta la temporada. Es como el yin y el yang; Punta tiene la locura de una ciudad y la tranquilidad de un pueblo”, sentencia Ana.