La historia de este matrimonio nace en Barcelona cuando unos amigos en común los presentaron. Producto de la crisis de 2002, Pablo era un emigrante que por entonces trabajaba en estructuras de madera y Magda estaba haciendo sus primeras armas en gastronomía. Desde la Ciudad Condal planificaban su regreso a Uruguay, pero a la hora de poner el dedo en el mapa, ambos señalaban Punta del Este. Pablo ya había vivido allí y Magda fantaseaba con la idea, desde que había trabajado una temporada en José Ignacio. Apenas el país dio señales de mejoría económica, la pareja se instaló pasando el puente de La Barra. Luego nacieron sus dos hijas, ella abrió su propio restaurant Paulatino, y él se benefició con el auge de la construcción a través de sus decks de madera. Recientemente acaban de inaugurar un local de muebles en La Barra, frente al Museo del Mar. “Lo que puede considerarse duro de vivir acá, a mí me encanta: el viento, el frío, que no haya nadie…, todo me gusta”, dice la chef. Además agrega que el ritmo de vida, le permite ir con sus hijas a ver las ballenas después del colegio y estar más tiempo con ellas, algo imposible de lograr en una gran ciudad. “No hay rutina, los horarios solo los marca la escuela”, afirma. Mientras Pablo rehuye a viajar hasta Montevideo, y solo se queda máximo por dos días, ella admite que una vez al mes va de visita a la capital, pero siempre con el deseo de regresar pronto a casa. Mientras cumplen con los últimos aprontes antes del aluvión de veraneantes, Pablo confiesa que su mes favorito es marzo porque el agua está templada y ya no queda nadie en la zona. Magda ,en cambio, disfruta más de la primavera: “estar en la playa, llamar a mi hermana y que me diga que está en la Ciudad Vieja, me hace disfrutar mucho lo que tengo”, concluye entre risas.