“Sin mar yo no vivo”, dijo un buen día Pablo. La náutica y los deportes acuáticos le tiraban tanto como su profesión de veterinario. Así que el salteño junto a su esposa Patricia fueron yendo de a poco hacia el Este. Primero vivieron en el solitario balneario Las Flores y ya en 1988, cuando nació su primera hija, desempacaron las valijas en un apartamento de la parada 15 de La Mansa, que alquilaban por 50 dólares el mes. Por su parte Patricia ejercía la docencia en la Alianza Uruguay EE.UU. y se le ocurrió que sería una buena idea llevar ese instituto a Punta. Así fue que la directora y propietaria de la filial de la Alianza incursionó en un nuevo mercado que pedía a gritos herramientas idiomáticas para brindarle los mejores servicios al turismo. Con el tiempo nacieron sus otros dos hijos y Pablo abrió su propio negocio de artículos de caza. También el balneario cambió, y no necesariamente para bien. “Al crecer se parece más a una ciudad, ya no se dejan los autos y las casas abiertas, ahora se ven rejas y persianas, algo que antes no existía” afirma Pablo. Patricia suma a la lista de su marido los problemas de tránsito que empiezan a asomar y la desaparición de árboles. El otro lado de la moneda, dicen, es que actualmente hay más servicios, más colegios y más gente. Como quien viaja en la máquina del tiempo, recuerdan cuando hacían la compra en el almacén y el día que abrió sus puertas el supermercado Disco enfrente al sanatorio Mautone. La vida de su barrio se vio igualmente afectada con el correr de los años: “en aquel entonces éramos los únicos en la manzana. Ahora ya tenés vecinos todo el año”, declara Patricia. Si tuvieran que hacer un balance, los dos concuerdan en que mudarse al Este fue la mejor decisión que pudieron tomar. Piensan en la forma en que se educaron sus hijos y reflexionan sobre la necesidad de compartir los almuerzos y planificar la tarde en familia. Es que Punta permite eso y mucho más.