Apenas llegado a Roma, César Dotti durmió algunas horas en el hotel para reponerse luego del agotador cruce del océano de la noche anterior. Cuando a mediodía se despertó, saltó de la cama, miró a través de la ventana, y no lo podía creer: estaba en Roma. Se dio una ducha caliente, pidió un desayuno fuera de hora, y salió a caminar. Mientras recorría la Via del Foro Imperial, repasaba el giro de su destino y la sensación de escalofrío que tuvo en el momento en que la Cancillería de su país le comunicó que su próximo destino sería Italia. Tomó por la Via del Corso, caminó unas cuadras con lentitud y se detuvo en un baretto. Pidió un café y los periódicos del día. Encendió un puro cubano. Se sentía feliz, favorecido por la vida y por respirar los aires de la ciudad eterna. Le parecía que, además de todo, era elegante, un embajador de categoría… Cuando se acercó al mostrador para pagar la consumición, nada más oportuno que las palabras del cajero, quien elogió su atuendo. Iba vestido con un flamante conjunto de pantalón gris y blazer azul comprado en Pierre Balmain, y una camisa rayada celeste con cuello y puños blancos y almidonados. Dotti siguió caminando, pasó la plaza Venecia y tomó la Via del Foro Imperial en dirección al Coliseo. Allí se quedó unos minutos contemplando el monumento.
Esa tarde mantuvo reuniones con sus colegas y al día siguiente, dispuso del coche oficial para buscar propiedades según instrucciones de la cancillería para elegir y comprar la residencia donde se instalaría la nueva sede de la embajada. Próximo al lugar al cual se dirigían, en pleno centro histórico de Roma, César Dotti distinguió, a lo lejos, la mansión que le habían recomendado. Era el palacio del príncipe de Ruspoli, incluido casualmente en la lista de las residencias ofrecidas. El embajador ordenó al chofer que se detuviera en la entrada y tocara la campana de bronce. Apenas el coche oficial traspuso los portones, un mayordomo le abrió la puerta de la casa para ingresar al salón mientras él escuchaba el sonido sórdido de un gong. En tanto esperaba la presencia del dueño de casa, se puso a observar el ambiente. Era un claustro rectangular cerrado y sombrío, de techos altos con ventanales al piso cubiertos por cortinados pesados y oscuros. Aquel lugar le pareció propicio para filmar escenas de pasiones, como las que había visto en películas en su país: Lo que el viento se llevó, Cumbres borrascosas o Rebeca, la mujer inolvidable.
De pronto, sintió un repentino deseo de marcharse. Pero un embajador no podía comportarse de esa manera. Algo confundido, pensó si su destino tramposo sería acaso vivir en esa abadía triste y penumbrosa. Para empeorar la situación, desde un aparato Grundig comenzó a escuchar la voz ronca y sensual de Juliette Grecco que cantaba Les feuilles mortes, y esos sonidos incrementaban aún más su abatimiento. Lo consoló pensar que, al fin de cuentas, estaba allí tan solo por un negocio. Y ese palacio, visto desde la calle, era acorde a la categoría que él deseaba para la residencia diplomática de su país. César Dotti se puso de pie e intentó recobrar su ánimo. Caminó unos pasos y descorrió con cautela el cortinado de la ventana. Echó una mirada rápida al jardín. Vio entonces el patio exterior perpendicular al frente, cuadrado y húmedo, poblado de glicinias melancólicas y violáceas. Las ramas frágiles y voladizas languidecían sobre los parterres de césped. Una suave brisa las movía y en el balanceo desgranaban por los aires sus botones, que sobrevolaban los árboles como mariposas. También la naturaleza se enredaba con la tristeza. De regreso a su poltrona, Dotti escuchó pasos leves de mujer sobre tacones... y vio avanzar hacia él una rubia muy alta y distinguida que se deslizaba sobre las alfombras persas, con un andar desmañado… Era, literalmente, una belleza de tapa de revista de modas. Dotti se quedó estupefacto. No podía creer que esa mujer que tenía delante de él, fuera la dueña de la casa. La princesa de Ruspoli, con una suave inclinación de cabeza y con voz muy tenue, asintió: –Sí, lo soy. Mi padre murió...– Hizo un silencio... Dotti, apabullado, y con una corriente hirviendo que le subía por las venas, casi no recordaba el motivo que lo había llevado allí. ¿Sería ella el presagio que le anunciaba el gong? Luego de un incómodo instante, y por fortuna, apareció Viterbo, el mayordomo, sacándolo de su desvarío. Venía a ofrecerle algo de beber. Entretanto, ella le contaba: –Fue hace poco… y, desde entonces, mi madre está enferma de depresión. Yo deseo que salgamos cuanto antes de esta casa, que tantos recuerdos nos trae. Ese es el motivo de la venta. Hablaba con expresión imperturbable y palabras breves, muy dulces... Acompañaba su relato con el mismo aire lejano de distinción y frialdad que envolvía a su persona. En pleno éxtasis, él contemplaba los movimientos mesurados de sus manos blancas y sedosas, y el aleteo de los dedos largos y finos. Al rato, ya más calmado, sintió que el alcohol le aliviaba la emoción; el whisky lo ayudaba a compaginar mejor las palabras apropiadas. Más tarde, y luego de haber oído alguna confidencia pedregosa de la princesa respecto a sus anteriores amores, que justificaba su deseo de cambiar de vida, volvió a comprobar, ahora desde las entrañas, que su humor se modificaba.
Era imposible convencerse de que aquella mujer tan joven y etérea, aunque algo impávida, con su piel de nácar y su vestido blanco de muselina, estuviera sola, después de varios fracasos amorosos. Y todavía más: él había llegado hasta esa mansión en venta a conversar con el secretario del príncipe de Ruspoli, convencido de que el príncipe aún vivía, y, de pronto, se encontraba sentado frente a una beldad inesperada, al punto de no saber si estaba en su mundo o viajando por otras galaxias. En ese espacio alejado de la realidad, la voz de Frank Sinatra cantaba en el Grundig Love is a many splendored thing… y las letras de la canción giraban en la cabeza del embajador como una peonza descompuesta, arrojando por la borda todas las historias de sus amores pasados. César Dotti, quien por naturaleza era un hombre atildado y soberbio y gustaba demostrar su sapiencia en la conversación, se desembarazó de sus formalismos. Ayudado por la bebida, intoxicado por el violento coup de foudre, se sintió otro, capaz de ocultar su naturaleza mezquina, en tanto se empeñaba en memorizar frases célebres o poemas de amor para entrar en sintonía con la soledad de la princesa. Le dijo: –No desespere con su pasado. “La fuerza invencible que ha impulsado al mundo no son los amores felices, sino los contrariados”. Y al decirlo se congratuló de su buena memoria. Era capaz de repetir todo aquello que había leído y le había gustado. La cita era de García Márquez. Pocas horas después, se escuchaban las campanadas resquebrajadas de las ocho en la Basílica dei Santi Ambrogio e Carlo, cuando la princesa languidecía en los brazos de él, desmayada de amor como las glicinias sobre los parterres del jardín. Dotti le dijo: –Antes de entrar al palacio creía haberlo vivido todo… Nunca antes he sentido una felicidad tan imprevista… Tengo que dar por tierra todos mis conceptos anteriores… –Y yo los míos…– respondió la princesa con voz muy queda, apagada por un hondo suspiro. Se habían enamorado. Al culminar ese mismo año, se casaron. Desde su casamiento, la vida de César Dotti y la de Stefania de Ruspoli transcurría en el palacio con aparente calma y reserva. Durante los tres primeros años se produjeron algunos cambios. Habían hecho pintar la casa de blanco y cambiado los cortinados de la recepción, ahora también blancos y de brocato de algodón liviano. Algunos tapices oscuros de las poltronas y los sofás se sustituyeron por otros de colores claros. Stefania colgó de los balcones maceteros con geranios rosados. El salón parecía más iluminado y alegre. Las puertas ventanas estaban abiertas siempre que el tiempo lo permitía. El embajador había reformado la biblioteca y era aquel su santuario, donde acumulaba todos los libros acarreados desde su país. La cocina había sido modernizada y los dormitorios de servicio también. Viajaban a menudo a Spoleto donde Stefania tenía una villa llamada “Il Cielo”, próxima a la de su amiga Donatella Tuzzo, mujer de un pintor famoso.
El personal que los atendía era el mismo que había servido a los padres de Stefania, en especial Viterbo, el mayordomo más antiguo y fiel a la casa e incondicional de Stefania, a quien había visto nacer. A partir del momento en que ellos se casaron, fue Viterbo el alma máter de la casa. Se ocupó de todo lo referente a la nueva vida en la que el palacio pasó a ser residencia oficial de la embajada. Viterbo también ayudó a la princesa a organizar las veladas donde ella presentó a su marido al círculo de sus amistades. Dotti, a su vez, la introdujo en las obligaciones del mundo diplomático.
Poco después de la boda, y gracias a su matrimonio, el embajador comenzó a interesarse en la situación económica de Stefania. Y en particular en sus socios, Charles Guyard, a quien conocía del pasado, y Eric Benoit. Guyard era ahora banquero y dueño de "La Ronde”,el hotel más grande y antiguo en la estación de esquí de Chamonix. Dotti no tardó en zambullirse de plano en todos los movimientos de la sociedad, lo que generó una molestia instantánea al banquero Guyard. Benoit dio menos importancia al atropello. En poco tiempo, la investigación de los bienes heredados por la princesa Stefania se volvió tensa, y la relación con el banquero, que ya tenía malos antecedentes, competitiva, no solo por la manera violenta con que Dotti comenzó a inmiscuirse en terrenos ajenos, también debido a viejos problemas del pasado, nunca resueltos con Guyard. Stefania, holgazana por naturaleza, confiaba en su marido, y gustaba delegar en él las tareas que la aburrían. Continuaron así los dos hombres, batallando por el manejo y el usufructo de la fortuna de la princesa. Con una distancia plagada de desconfianzas y sarcasmos por parte de Dotti, aumentados por el rencor de otros tiempos, viejos enconos, sufridos cuando ambos eran niños, heridas que no cicatrizarían nunca.
Guyard, por su parte, vivía en ese tiempo muy ocupado con su vida personal, y no disponía de tiempo para atender los reclamos de Dotti. A pesar de estar casado, andaba siempre enredado en amores clandestinos, y desde hacía meses, enamorado de Marion Kritz. La había conocido en un tren en viaje de Munich a Milán y, a causa del vencimiento del pasaporte de ella, la obligaron a descender en Innsbruck. Él la acompañó y, a partir de esa intimidad de habitación de hotel, ninguna otra cosa parecía interesarle. Se sentía profundamente orgulloso de aquella relación, a causa de la gran belleza de la mujer.
Recordaría por siempre las palabras que él pronunció esa noche. Le dijo a Marion:
–No he conocido nunca antes una italiana más fogosa.
Y ella: –No soy yo. Eres tú quien sabe encender y manejar el fuego.
El año anterior Dotti y Stefania habían pasado sus vacaciones de invierno en Chamonix, en el hotel “La Ronde”, cuyo dueño, Guyard, ya era socio de Dotti en los negocios. Allí se encontraron con mucha gente conocida y amiga, la estadía fue lo mejor que puede desearse para quince días de expansión. El ambiente festivo y los exclusivos pasajeros, viejos y nuevos clientes del hotel, las situaciones que se vivieron y los roles protagónicos de alguno de ellos, fueron argumento suficiente para que el escritor Von Kossler, que vivía en Munich y gustaba esquiar allí con su amigo, el escultor Dubois, tomara apuntes sobre ellos con la intención de hacer una novela. La personalidad de ambos, bien ameritaba el trabajo. De Dotti, escribió:
Lo conocí en París años atrás, casado con la hija de un dictador centroamericano y con dos hijos varones, cuando cumplía una misión menor en la embajada. No tardé en advertir que tras su calma estudiada, se ocultaba un ofendido con la vida. Saltaba a la vista cuando conversaba con voz insulsa y monocorde, y sin ninguna tonalidad afectiva, el rencor acumulado a lo largo de los años. Después lo supe: tuvo una vida difícil, y su personalidad se forjó a fuerza de heridas, acompañada por deseos de trascendencia. Una tarde en la que los dos estábamos solos en “La Ronde” donde nos hospedábamos, al darme cuenta que había una relación tirante con su socio, le pregunté con curiosidad, de dónde venía su relación con Guyard.
–De lejos– dijo Dotti.
Y me confió: “después de la Primera Guerra Mundial, el padre de Guyard, que también era banquero, abrió una sucursal bancaria en Milán, con el príncipe de Ruspoli, padre de Stefania”.
–¡Ah!– exclamó Von Kossler –¿se conocen desde entonces? –Casi, casi...– dijo Dotti. Escuche la historia. Prosiguió:
“El príncipe Ruspoli conocía la honestidad de mi padre, y necesitaba un chofer custodio para su banco. De acuerdo con el viejo Guyard, le ofrecieron el cargo con un sueldo bien remunerado y el pasaje en barco, porque vivíamos en América.
Mi padre, recién viudo, y conmigo de seis años, aceptó. Fue así como viajé con él a Italia. Mi padre quería volver a ese lugar, donde una vez estuvo radicado con la familia para recuperar algo de su antigua vida, después de los destrozos de la guerra. Guardaba la esperanza de encontrar parientes vivos. Pero lo sorprendió un panorama de devastación y agobiante desamparo.
Esos primeros tiempos de infancia los compartí con Charles Guyard, a quien llamábamos Guy, hijo del banquero. Pese a las diferencias sociales que los niños ignoran, nos hicimos compañeros. Él era el hijo rico y mimado de su papá. Yo era el típico niño pobre que heredaba las ropas y los juguetes de descarte de Guy. La situación no tardó en volverse despareja. Muy despareja e injusta.”
–¿Y Stefania?– preguntó Von Kossler.
–Nunca la vi. El príncipe no permitió jamás que su hija jugara con el hijo del chofer... Ya en la adolescencia, los inevitables rechazos que sufrí, me llevaron a separarme de todos: de un padre indiferente y ajeno a mis necesidades afectivas, de mi amigo Guy, a quien asociaba con la humillación, y a salir de Milán, el escenario de mis dolores. Deseaba volver a América, al lugar donde había nacido.
Von Kossler, agrega: Después de escalar, no sin dificultades, el camino de sus triunfos, alcanzó el título de abogado. Esa lucha de agobiantes sacrificios, culminó también con el ingreso a la carrera diplomática, y a su actual cargo de embajador. Arrogante y entrador, nunca ha dejado de despertar atracción entre las mujeres. Logró el punto más alto de su seducción, el día en que la princesa de Ruspoli, ignorando quién era, aceptó ser su esposa. A su soberbia, sólo le faltó hacerse llamar “príncipe”, como en el poema de Verlaine.
Cuando Guyard, luego de muchos años de ausencia, volvió a verlo en Roma, chocó contra un desconocido. Presumido, culto, lector voraz de grandes poetas y, en especial, admirador consecuente de Borges. Incluso, sus rasgos faciales habían adquirido una expresión que denotaba dureza y autoridad.
Gustaba de citar con frecuencia al gran escritor argentino. Sonriendo, decía:
“La amistad no es menos misteriosa que el amor o que cualquiera de las otras fases de esta confusión que es la vida. He sospechado alguna vez que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola.”
El año pasado Guyard lo invitó a su hotel junto a Stefania. Desde su llegada y en todo momento Dotti quiso demostrarle, a ultranza, la superioridad que dan la cultura y el dinero. No era una novedad para el banquero.
Guyard se abstuvo de seguirle el juego. No intentó siquiera admitir la corriente de distancia que el otro quería imponer. En esa postura, Dotti pretendía, además, demostrarle con claridad todo lo que los separaba del pasado. Ante tal ofensiva, Guyard comprendió que era imposible rehacer aquella vieja amistad infantil. Para Dotti, flamante embajador, nunca habían existido esos primeros años en Italia. Se trataron como dos desconocidos que el azar juntaba. No obstante lo cual, fue a través del propio Guyard que Dotti accedió a visitar el palacio en venta. El banquero se cuidó de decirle que su propietario era el príncipe de Ruspoli, y había muerto. Y mucho menos que sería su hija, la princesa Stefania, quien iba a recibirlo. Lo hizo como un favor y una gracia hacia la princesa, a quien en verdad Guyard apreciaba. Ni en lo más remoto de su mente pensó que la princesa iba a enamorarse.
En esos primeros tiempos de calma, tan solo alterados por los compromisos sociales y diplomáticos de la pareja, por los viajes a distintos lugares de Europa y América, con la recurrente monotonía de las campanas de las ocho de la Basílica, nadie fue capaz de imaginarlo: ellos no eran felices. Tampoco de sospechar que, en aquella serena tranquilidad, casi sin movimiento, les faltara algo para serlo, y no alcanzaran a identificarlo. Estaban dejando las puertas del palacio abiertas a circunstancias peligrosas. Parecía impensable.
No obstante, sucedió.
Transcurridos pocos años, y luego del regreso de un viaje a Spoleto con amigos, el embajador Dotti y su mujer desaparecieron del círculo que los frecuentaba, de los amigos más íntimos que habían conocido el año anterior en las vacaciones en Chamonix, de la vida cotidiana que arrastraban, de todo lo que los rodeaba. Luego, y a través del intercambio de cartas de dos amigas de Stefania, se supo que la princesa era víctima de una enfermedad contagiosa, y para aislarla, Dotti dispuso su traslado al pabellón aledaño a la mansión, otrora construcción para recibir a los huéspedes.
El silencio motivaba sospechas pero nadie se atrevía a invadir la privacidad del embajador. Se supo, además, y a través de la cancillería, que el diplomático solicitó licencia al Ministerio de Relaciones Exteriores de su país para mantenerse alejado de sus compromisos oficiales, y que en la mansión no se atendía el teléfono ni se recibían visitas. El misterio luego de un tiempo comenzó a crecer como un fantasma, merodeando los alrededores del palacio donde las ventanas y las persianas permanecían cerradas, y los portones clausurados con candados a la vista. Circulaban en el aire noticias de que algo muy grave había sucedido, sin conocerse el motivo que lo determinaba. Por esos días, Dotti recibió una carta del escritor Von Kossler a quien había encontrado el año anterior en Chamonix. Enterado por otros amigos de la inexplicable situación de Stefania, a quien todos estimaban, intentó a través de unas líneas prudentes sondear la situación. Dotti no llegó a abrirla. Cuando leyó su procedencia, la rompió.
Los comentarios eran inevitables: Guyard aseguraba que Dotti había encerrado a la princesa para castigarla, sin poder acertar en la causa. Los demás opinaban que como Dotti era un exaltado, cualquier cosa podía esperarse de él. Nadie creía el cuento de la enfermedad infecciosa, pero aún así persistía el misterio. César Dotti lo tenía resuelto meses atrás, casi desde el día en que lo supo. Se propuso aislar a Stefania para que nadie se enterara de lo ocurrido, y mantener así un control absoluto de la situación. Lo ayudaban sus secuaces: un médico de cabecera, fiel amigo suyo, y un conjunto de enfermeros. A pesar de sus precauciones, nadie estaba ajeno en la residencia a la monstruosidad de sus procederes. Pero ninguno se atrevía a cuestionarle. Tenían miedo de que cualquier comentario pudiera infundirle sospechas de lo que el personal sabía o pensaba.
Por precaución, los dos mucamos restantes habían sido suspendidos, y solo Viterbo era testigo de lo que allí sucedía. También el jardinero Vincenzo, quien a su vez, era el sostén emocional de Viterbo.
Dotti escuchaba las voces del chofer Albinoni y de Tiziana, doncella de la princesa, conspirando en su contra. No alcanzaba a oír lo que decían, pero el tono con que hablaban, era suficiente para comprender el rechazo que le tenían. Por momentos, tenía miedo de una rebelión de la servidumbre. Aún así, en ningún momento se arrepintió de su determinación. Persistía en él, con odio y rencor, más fuerte aún que en otros momentos, recordar a Stefania sentada en el palco avant scène del teatro en Spoleto, deslumbrante y desinhibida, con una belleza que sofocaba solo de mirarla.
A esta visión se agregaban pensamientos contradictorios de los sucesos de aquella misma noche. Y desfilaban por su memoria todos los amigos con quienes habían convivido el año anterior en el hotel de Chamonix, y las historias pasadas. Ahora rechazaba las cartas que a diario le llegaban de ellos, tratando de averiguar el mal que padecía Stefania. Por momentos, se torturaba, sin ánimo de justificarla, pensando que él la había relegado a una posición de desamor y olvido. Y era su mujer. Es que había perdido todo interés por ella. Sin embargo, aquella noche, mientras asistían a Tosca, satisfecho de sus previas proezas amatorias con otra mujer, miró a Stefania sentada en el palco y esa rápida visión le trajo deseos confusos y antiguos. La princesa estaba bajo un foco de luz que iluminaba su piel nacarada y resplandecía en el rostro, descendía hacia los hombros y destacaba los pechos en el amplio escote. Confundido, sintió repentinos deseos de intentar una nueva vida con ella.
Incluso, llegó a pensar que podrían volver a ser felices, como cuando la conoció.
Fue el chofer Albinoni que le comunicó al embajador: La princesa ha muerto.
El chofer rompió a llorar desesperado en los brazos de Viterbo. Dotti no parpadeó. En un primer momento, sintió una especie de desfallecimiento, una fractura de la voluntad, que fue reemplazada por el aturdimiento. No podía hablar. Se dirigió al pabellón aledaño donde la había recluido, y entró en la habitación donde supuestamente estaba ella. De ese modo avanzó, tembloroso, con su cerebro vacío, y tan solo con breves jirones de ideas.
En el cuarto en penumbras, yacía Stefania. Con la cabeza inclinada sobre la almohada, y la cara pálida como la cera. Pero los pasos que allí dentro circulaban y el llanto de una criatura, le cegaron los sentidos, y pensó que estaba viviendo una alucinación.