La historia de Meire, como la conocen a esta brasilera nacida en Salvador de Bahía, es la comprobación de los encantos que ejerce el balneario entre los vecinos del Norte. Puede considerársela una adelantada en su país si se tiene en cuenta que pisó por primera vez las playas esteñas en 1995 y desde el momento en que cruzó el puente de La Barra supo que ahí estaba su lugar en el mundo. Abandonó el vertiginoso ritmo de su ciudad natal y pronto se vio dictando clases de portugués para sobrevivir en la Península. “Vine a pasear y conocer, y me encontré con un lugar tranquilo, con vistas increíbles y gente muy cálida”, recuerda Meire. El primer invierno se hizo sentir, y se ensañó con las articulaciones, pero pronto el cuerpo de la bahiana se adaptó al clima puntaesteño. Tuvieron que transcurrir cinco años para que apareciera Sebastián en su vida. Él también había llegado en 1995, pero desde Buenos Aires, y entre otras cosas lo que más le atraía era el mar. Correr olas con su tabla de windsurf o experimentar con el kite eran tentaciones demasiado atractivas como para decirles que no. Pero de algo se debe vivir y en esa búsqueda encontró no solo un gran negocio, sino algo que realmente le gustaba: fabricar velas. Así nació la clásica marca Velas de la Ballena, que pobló chalets, edificios y grandes residencias con sus creaciones de parafina. La tienda ubicada en una esquina de ruta 10, justo al comienzo de Manantiales tuvo, al poco tiempo, como vecina a Manga Rosada, la línea de mallas de baño diseñadas por Meire. Ya con amigos que fueron conociendo y un hijo de cinco años, disfrutan de la vida tranquila de todo el año que se ve alterada ante la llegada de turistas en verano, pero hasta eso lo ven con buenos ojos: “Es la dosis máxima de alegría que recibe Punta del Este”, concluye Meire.