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El Triunfo del Litio
El Triunfo del Litio
Si le hubieran recetado litio desde un primer momento, Sara Donas se “hubiera ahorrado muchos dolores de cabeza”, admite. Pasaron nada menos que 23 años de diagnósticos errados, tratamientos farmacológicos equivocados y varias sesiones de electroshock hasta que le descubrieron un trastorno afectivo bipolar. Ahí hallaron el motivo de sus bruscas alteraciones del ánimo, principal síntoma de esta enfermedad crónica. “Pasás de periodos de depresión, donde no querés ver la luz del día; a estados de manía, en los cuales te creés Superman”, describe la coordinadora de la Asociación de Bipolares del Uruguay. Sufría alucinaciones –la primera vez vio a la escoba transformarse en una serpiente– y atravesaba reiterados periodos de desgano, lo que llevaba a los médicos a pensar en una depresión mayor. Recién cuando la internaron con un cuadro de manía detectaron su bipolaridad, trastorno que afecta al tres por ciento de la población uruguaya. Le recetaron litio. “Me cambió la vida porque logré un equilibrio. Seguís teniendo subidas y bajadas, pero son más espaciadas y menos intensas; podés hacer una vida normal”, asegura. La eficacia del carbonato de litio, un estabilizador del ánimo, no es menor si se tiene en cuenta que las personas bipolares pueden “pasar tres o cuatro meses fuera del mundo por una depresión”, advierte Donas. O estar días sin pegar un ojo y cometer las peores locuras como comprar compulsivamente, agredir o robar debido al estado de exaltación. Por eso, el medicamento ideal para el tratamiento de este trastorno es aquel capaz de prevenir cualquier tipo de episodios. Y justamente el litio tiene “probada eficacia en tratar la enfermedad de forma global”, explica el médico psiquiatra Marcelo Escobal. Existen otros estabilizadores del ánimo al cual echar mano, como los anticonvulsionantes y los antipsicóticos atípicos, pero en ambos casos hay algún “pero”. Los primeros son “eficaces en el tratamiento de los episodios maníacos, pero no todos previenen episodios futuros”; mientras que los segundos son eficientes para abordar y evitar las manías pero no muestran las mismas bondades en los periodos depresivos, detalla el profesor adjunto de la Universidad de la República.

Lo más frecuente es la combinación de medicamentos. En las reuniones de la Asociación de Bipolares del Uruguay, es común que los pacientes detallen qué toman, para qué y en qué dosis. Algunos contabilizan cuatro, cinco o más remedios por día. Y el litio –que en Uruguay se vende con los nombres Lithium, Sicolitio, Litionato y Theralite– suele estar en el listado. “Mi madre me dice que deje las pastillas, que me van a matar, pero ella no entiende que sin la medicación no puedo vivir”, expresa una de las pacientes que asiste al encuentro acompañada de su hijo mayor. Entre ellos se cuentan qué medicamentos les hace bien y cuáles los dejan knock out. La dosis exacta A pedido de la coordinadora, un paciente explica que empezó a tomar carbonato de litio hace dos meses y a raíz de eso debe hacerse una litemia –examen para medir el nivel de litio en la sangre– cada quince días. Es que más allá de las bondades, esta droga tiene que administrarse con exactitud porque el margen terapéutico es estrecho. “Su eficacia depende de los niveles que alcance en sangre”, indica Escobal. En pocas palabras: por debajo de determinado nivel es ineficaz; por encima, se vuelve tóxico. Puede causar efectos colaterales como temblor –visible en las manos–, mucha sed, eliminación excesiva de orina, fallas de memoria y somnolencia. Su uso también puede alterar el funcionamiento tiroideo y el renal. Natacha intenta recordar si el litio le produjo algún efecto secundario. “Me acuerdo que cuando lo empecé a tomar, unos ocho años atrás, me moría de sed. Al punto de ir a un supermercado y tener que abrir botellas de agua con gas porque no aguantaba”, relata una vez finalizado el grupo de apoyo que funciona los miércoles, de 19 a 21 horas, en el Edificio Conventuales –Canelones 1164–. “Más allá de eso y del gusto espantoso que tienen las pastillas, como a bacalao, me hace bien. Cuando me lo empezaron a recetar, noté una diferencia. Sentí que estaba más estable”, cuenta esta madre de dos hijas que recibió diagnósticos equivocados de esquizofrenia y depresión mayor hasta que años después le descubrieron el trastorno bipolar. Luego de escuchar los elogios hacia el litio, Carlos promete revelar la otra cara de esta droga. “Estuve diez años sometido a un tratamiento impecable, sin ninguna internación.
Cuando cambié de médico y me dio litio; me internaron tres veces. En mi caso no fue efectivo para nada, creo que es placebo de última generación”, describe quien en sus estados de euforia se le da por caminar hasta perderse. Sus familiares lo encuentran en las comisarías, incluso días después de salir de casa. Si bien en algunas personas el litio logra una mejoría inobjetable, tampoco es la solución universal, “de lo contrario nuestro trabajo sería bastante más fácil”, admite Escobal. “Hay pacientes que no son respondedores al litio. Es algo empírico: uno lo prueba y al tiempo se da cuenta si funciona. Cuando el paciente responde bien se nota claramente porque las crisis comienzan a espaciarse”, agrega.

La medicación ayuda mucho, pero tampoco hace milagros. A esa conclusión llegan los asistentes a la reunión luego de contar sus últimas crisis. “Desde octubre de 2010 hasta el mes pasado estuve internada tres veces; la última durante dos meses”, precisa Natacha, que ha llegado a hacerse cortes en los brazos en los momentos más difíciles. “Lo que tenemos es un trastorno de las emociones y a mí este año me pasaron cosas de todos los colores. Por citarte alguna, en medio de una crisis maníaca me separé de mi esposo y en la otra casi termino presa por hacer compras con una tarjeta de crédito robada. La euforia te vuelve totalmente irracional”. Es que el litio no suprime el afecto normal, indica el profesor adjunto. Si reciben una buena noticia seguramente se alegrarán y si las nuevas son malas se van a entristecer. “Hay que distinguir las emociones normales de las patológicas. El fármaco previene las depresiones y los episodios de manía, pero por suerte no impide sentir tristeza o alegría. Por otro lado, lo que hace es reducir la frecuencia de las crisis. En algunos casos las elimina y en otros las vuelve más espaciadas en el tiempo”


Otras propiedades En cualquier fase del trastorno, los bipolares pueden llegar a quitarse la vida; o al menos intentarlo. “En el periodo de depresión o en los cuadros mixtos –deprimido y eufórico a la vez–, la chance de suicidio es enorme”, asegura el psiquiatra Guillermo Castro. De cada cuatro pacientes con este trastorno, uno se suicida, añade. Y el litio juega un papel fundamental ya que tiene propiedades antisuicidas. Si bien aún no se conoce el porqué, este fármaco disminuye esta probabilidad en los bipolares. A fin de dimensionar la importancia del hallazgo, un artículo publicado en The British Journal of Psychiatry –bajo el título Lithium in drinking water and suicide mortality– sostiene que en poblaciones donde el agua contiene dosis un poco más altas de litio, la incidencia de suicidio es menor. La valoración del fármaco se debe también a su efecto antiagresivo en pacientes borderline o con trastorno de personalidad. El psiquiatra chileno Hernán Silva da cuenta de “una serie de casos, caracterizados por altos niveles de agresividad, que muestran excelentes resultados al ser tratados con litio: madres maltratadoras, presos e internos en correccionales, niños y adolescentes que sufren ataques de rabia y pacientes con limitaciones intelectuales que se autoagreden”.

Triste prejuicio Llevar el rótulo de “loco” les genera a los bipolares una mezcla de rabia y tristeza. Cuando ponen límites o se niegan a hacer una tarea porque no tienen ganas, la gente lo asocia directamente con el trastorno. “¿Estás tomando bien el remedio?”. “¿Hace cuánto que no vas al psiquiatra?”, suelen preguntarles quienes los rodean. Tratan de escaparle al “estigma” –tal como lo calificó una paciente–, pero no es tarea sencilla. El prejuicio que gira en torno a las patologías psiquiátricas también se extiende a los remedios que la controlan. Tal vez por eso el litio no ha tenido siempre una buena prensa. “Quienes lo toman son pacientes psiquiátricos, por ese lado puede venir la asociación del fármaco con la locura”, sostiene Castro, jefe del área psiquiátrica del Hospital Británico. Sin embargo, ninguno suele exaltarse cuando le recetan litio; es solo un medicamento más entre tantos. “Había que tomar litio y punto. Era un remedio que vendían en la farmacia, o sea, santo remedio”, recuerda Laura Sosa cuando a su padre le dijeron que debía echar mano al fármaco. “En casa había más miedo al diagnóstico de la bipolaridad que al tratamiento”, admite. A nadie le gusta escuchar ese parte médico, ni a los pacientes ni a sus seres queridos. Por eso no es casual que los familiares se desentiendan, no tomen dimensión de la enfermedad e incluso se burlen. “Creen que estamos de vagos en los lapsos depresivos, y de vivos, en los exaltados”, resume la coordinadora de la asociación de bipolares. Así como sucede con otros trastornos o adicciones, hace once años se creó un grupo para brindar apoyo emocional a los afectados. Están invitados a participar los familiares y amigos. Los testimonios son la razón de existencia de esta asociación a la cual asisten personas de distintas edades, clases sociales, color y religión. Soltar sus experiencias, miedos y logros les permite ir aceptando su realidad. Saben que en un minuto pueden destruir lo que construyeron en años. Y dicen que así como los cardiacos no pueden prescindir de un medicamento para el corazón, ellos no están en condiciones de vivir sin un tratamiento. El litio está dentro de los remedios que pueden mejorar su calidad de vida. De ahí la vigencia de este fármaco con más de medio siglo de aplicación clínica.


Idas y vueltas
Hay quienes hablan de un revival, mientras otros sostienen que nunca se dejó de usar. Lo cierto es que el carbonato de litio tuvo aciertos y derrotas en su carrera por subsistir. Un antecedente fatídico de este remedio descubierto en el siglo XIX se remonta a 1940, cuando se lo utilizaba para tratar a enfermos con problemas cardíacos e hipertensión. Esa vez, las cosas no resultaron de acuerdo a lo planeado: “Se retiró rápidamente del mercado cuando se comprobó que producía graves envenenamientos”, escribe el médico de la Universidad de Barcelona Frederic Mármol en la revista española Medicina Clínica. Una nueva oportunidad llegó nueve años después, de la mano del psiquiatra australiano John Cade, quien echó mano al carbonato de litio para tratar la manía. Las propiedades sedantes estaban a la vista ya que “después de inyectarlo en cobayas quedaban en estado letárgico durante horas”, detalla el experto español. La duda sobre la seguridad del tratamiento volvió a jugarle en contra cuando aparecieron “informes de intoxicaciones graves producidas por el cloruro de litio tras su uso como sustituto del cloruro de sodio (sal de mesa) en cardiopatías”. Por eso, a pesar de mostrar efectos beneficiosos clínicamente, la Agencia Estadounidense del Medicamento –FDA– no aprobó su uso hasta 1970. En la década del noventa tampoco mostró su máximo esplendor debido al surgimiento de nuevos fármacos para tratar los trastornos afectivos. Pero una vez más logró sortear las adversidades e ingresar nuevamente al podio.


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