Alguien dijo, hace poco, que quienes cargamos algunos años sobre la espalda nos volvemos adictos a la queja porque en algún momento del camino decidimos que estamos de vuelta; que ya todo está escrito y que no queda nada por hacer ni aprender. Sin embargo, la vida es una senda a recorrer hasta el último aliento, y por tanto se debe transitar siempre de ida, concientes de que el pasado es historia y no se puede borrar ni cambiar, y el futuro una página en blanco, abierta a la creatividad. Un tema que inevitablemente retrotrae a las diferentes actitudes de las personas tanto a nivel individual como colectivo para con su ciudad, y que invita a pensar en el respeto o irrespeto hacia su herencia, así como en el amor o desamor con que la van a tratar. Comportamientos que hacen a la madurez y educación de una sociedad alimentada con esperanza o descreimiento. ¿De qué lado piensan que estamos? Convencida de que está bueno mostrar un claro ejemplo de preocupación, planeamiento, cuidado y dedicación por mantener el equilibrio entre las raíces y el progreso de alguno de esos lugares famosos en el mundo por haber sabido congujar modernidad y viejo perfil sostenido casi intacto a través de los siglos, viajamos a Francia, donde se sabe, París es siempre París, una capital con identidad bien definida, que se renueva en miles de propuestas artísticas de vanguardia, sin poner en riesgo, nunca, eso tan propio que la hace única. Lo perfecto es que a tan sólo cincuenta kilómetros de allí, uno ya encuentra lo que fue a buscar: un paisaje inigualable, con una campiña desgranada en pueblitos de cuento –Barbizon, espectacular–, con extensos trigales prontos para cosechar, flores profusas al borde de los ríos, y más adelante, un collar de castillos impresionantes que se extiende por la Región Centre, a lo largo del Valle del Loire, inscripto como Patrimonio Mundial. Y por supuesto, uno delira entre lo que se supone fue esa vida de reyes, fastuosa y caótica, a merced de intrigas y confabulaciones, capaz igual de inspirar el más puro art de vivre a la francesa; y el hoy, ocupado en transcurrir sus días sin perder de vista la memoria. ¿Cómo? Haciendo un culto de su legado: el gusto exquisito por la buena mesa, los vinos excelentes y todo lo que a la mano ofrece la sobria y bucólica hospitalidad de la zona. Es fácil comprender por qué, luego de que Carlos VII se viera obligado a instalarse allí a causa de su derrota ante los ingleses, la nobleza lo siguiera y construyera tales fortalezas, con el asesoramiento de artistas –Leonardo da Vinci incluido– que se vieron atraídos por el auge económico de la comarca. Es la historia en perfecta coexistencia con un presente preocupado por la biodiversidad, que hace sus denuncias a viva voz y cada primavera invade, con sus expresiones de alerta, los jardines que rodean el château de Chaumont-sur-Loire, desde 1994.
Una mirada que sorprende a PAULA CASA en una actitud abierta, atenta a que sus páginas incluyan esas expresiones que perduran del ayer, sin nostalgia ni pesar por lo que fueron, sino porque está claro que constituyen la base y el origen de tantas corrientes posteriores, de tantos estilos que inspiraron tantos otros lenguajes, de tantas ideas que surgen y quedan por plasmar. Porque de eso se trata, de cuidar y asimilar también los gestos de otras épocas, no siempre entendidos y de ahí maltratados por gente irreverente. De seguro, el ánimo creador que en su tiempo movió a Le Brun al construir Vaux-le-Vicomte o Versailles, es el que ahora le da cuerda a Thomas Heatherwick, el autoproclamado diseñador de edificios inglés que se ganó el apodo del “moderno Leonardo” por la audacia de sus concepciones. Con sólo 41 años, ha creado, inventado, diseñado y realizado casi todo. ¿Por qué? Porque en definitiva el objetivo es siempre el mismo: conmocionar y dejar a todos de boca abierta.

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